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El Chacal

    El Chacal

    El Chacal

    Zambón apareció en el barrio como un fantasma. Nadie podía afirmar a ciencia cierta cuándo, cómo y de dónde había llegado. Notamos su presencia unas semanas después que el gobierno de Perón fuera derrocado por un golpe militar en el año 1955.

    En esos días, aunque no conocíamos la palabra, se tiraba poco y se reciclaba mucho. Detrás del potrero donde jugábamos a la pelota, había un descampado donde se quemaba la poca basura que se generaba, para evitar plagas y enfermedades. Los vecinos habían construido una pequeña tapera donde había baldes con agua, en caso de que las llamas se descontrolaran. Los pibes la llamábamos la estación de bomberos.

    Un domingo, mientras jugábamos un picado, el Pibe Uñita dio tal puntinazo que la pelota atravesó toda la cancha y siguió volando por más de doscientos metros hasta estrellarse en contra de la tapera. Cuando la fui a buscar, un tipo alto y flaco salió gritando puteadas y luego de insultar a mi familia por las próximas tres generaciones, amagó pegarme con un palo que traía. Atraído por los alaridos de este fulano llegaron los otros pibes y el tipo se detuvo. Nos fuimos derechito a ver a don Braulio, dueño del único almacén en varios kilómetros a la redonda.

    Durante el primer gobierno de Perón, don Braulio le cobró unas chirolas de más por un sifón a una señora y ésta lo denunció a las autoridades pertinentes. En esa época no se jodía, los precios estaban controlados por el estado y el que no los respetaba pagaba una multa o iba preso. Después de pagar la multa, don Braulio se hizo peronista y durante el exilio del general Perón se convirtió en uno de sus seguidores más ardientes.

    Cuando le contamos que había un tipo viviendo en la tapera, don Braulio convocó a una reunión. Durante la misma algunos vecinos sugirieron que se lo sacara a patadas en el culo, mientras otros decían que habría que denunciarlo a la policía por invasión de propiedad privada y que lo condenaran a cadena perpetua.

    Por suerte , voces más moderadas prevalecieron y se decidió averiguar quién era, y si resultaba ser un tipo honesto y confiable, se le permitiría vivir en la tapera. Si no reunía esas condiciones, echarlo a las buenas, y si rehusaba, echarlo a las malas.

    —Estoy de acuerdo—, dijo don Julián. —Se podría quedar, pero no gratis. Tendría que hacer algo en cambio, quemar la basura, por ejemplo. — Se aprobó la sugerencia y la comitiva en pleno se dirigió a la tapera.

    Después de presentarse, don Braulio le preguntó quién era y qué buscaba por estos pagos. El desconocido respondió en un castellano un tanto cruzado y había que hacer un esfuerzo para entenderlo. El tipo dijo que era alemán y se llamaba Johan Schwarzkempf. Había llegado apenas hacia algunas semanas de un pueblo llamado Villa Tucul en Rio Negro y se había metido en la tapera pensando que estaba desocupada. Pidió disculpas por haberlo hecho. Excusándose don

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    Braulio se alejó unos metros con el resto de la comitiva y preguntó cuál era la decisión. Se aprobó por unanimidad que Johan Schwarzkempf se quedara. Don Braulio le informó de las condiciones y el tipo muy agradecido aceptó la oferta con un apretón de manos. De esta manera este individuo se convirtió en el primer bombero del barrio Almafuerte y como nadie podía pronunciar su nombre, se decidió llamarlo Zambón.

    Zambón no se parecía en nada a la imagen que teníamos de un alemán, es decir un tipo rubio y de ojos azules. Él era más bien una mezcla del Pierrot francés de cara larga y pálida con la figura triste y trágica del Quijote español. En su rostro brillaban dos ojos negros e intensos que enmarcaban una nariz larga y puntiaguda dándole un aspecto de ave de rapiña. Un mechón rebelde coronaba la tupida cabellera negra. Su edad era un tanto difícil de estimar, aunque algunas canas incipientes se observaban en las sienes.

    A falta de un Rocinante, Zambón recorría las calles de tierra montado en una bicicleta de mujer totalmente herrumbrada y sin frenos, que alguien había tirado en el basural. Le había levantado el asiento para acomodar sus piernas largas y flacas. Cuando los perros lo veían pasar, lo corrían para morderle los talones, pero cuando se acercaban salían corriendo de miedo con la cola entre las patas. Zambón tomaba mucho y muy seguido salía en bicicleta completamente borracho. En varias ocasiones los vecinos tuvieron que llevarlo hasta la tapera y en otras se quedaba dormido donde había caído hasta que se le pasara la borrachera.

    En la trastienda del almacén de don Braulio, funcionaba una Unidad Básica, una organización política de barrio donde se hablaba de política y se recibían noticias del General en el exilio. Estas Unidades Básicas habían sido declaradas ilegales por la dictadura que había derrocado a Perón , y los que asistían a las mismas podían ser encarcelados. Durante una de las reuniones se habló de Zambón y los vecinos le pidieron a don Braulio que no le vendiera más vino. Don Braulio les informó que en muchas oportunidades rehusó venderle vino, pero un día mientras su mujer atendía el negocio, Zambón aprovechó la oportunidad y se compró todas las damajuanas de vino que había en el almacén.

    Hablando de alemanes, don Pedro se acordó del caso de dos submarinos que en el año 1945 habían llegado a las costas argentinas. Contó don Pedro que al final de la Segunda Guerra Mundial, el almirante alemán Donitz ordenó la rendición de todos los barcos y submarinos bajo su mando. Alegando de no querer ser prisioneros de guerra, dos submarinos decidieron no acatar las órdenes y se dirigieron hacia la Argentina donde procedieron a rendirse a las fuerzas navales del país. De acuerdo con un informe de la policía de la provincia, el día 10 de julio de 1945 emerge en el puerto de Mar del Plata el submarino U-530. El oficial Heinz Schaffen se rinde ante las autoridades locales. Según testigos, del submarino descienden un militar de alto rango acompañado de una mujer. Estos testigos aseguraban que se trataba de Hitler sin bigote y su esposa Eva Braun*. El segundo submarino U-977 llegó unas semanas más tarde trayendo lingotes de oro, medicamentos y otras necesidades para los líderes nazis. Según don Pedro, después de la caída de Perón, los alemanes se vieron forzados a cambiar sus planes por razones de seguridad.

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    —No les parece raro que unas semanas después de la caída de Perón este tipo se aparece por acá? ¿A qué se dedica? ¿A quién pertenecen esos lujosos automóviles Opel que de noche visitan la humilde tapera? Yo creo que Zambón fue enviado a la Argentina para preparar el camino a los jerarcas nazis, en el caso que Alemania perdiera la guerra. Doña Berta, la mujer de don Jorge el zapatero, asegura haber visto a Hitler sin bigotes y pelado en compañía de Eva Braun entrar a la tapera. Después de esperar por unos veinte minutos los vio salir y alejarse en un automóvil seguido por otros dos. —concluyó don Pedro.

    Un día como tantos otros, Zambón se largó borracho a recorrer las cercanías en bicicleta. A unas cinco cuadras de la tapera se encontraba la única calle asfaltada por donde pasaba “La Lujanera”. Este autobús cumplía un viaje diario entre la estación de Morón y la terminal de Luján. Testigos afirman que Zambón vio el autobús, pero al no tener frenos no pudo evitar el choque. El chofer, seguido de los pasajeros, bajó para socorrer a la víctima. Lo primero que vieron fue una bicicleta convertida en una pila de fierros retorcidos y oxidados. Zambón no se veía por ningún lado. A ambos lados de la calle había cunetas profundas con yuyos y cardos que medían hasta casi un metro de alto. Un pasajero finalmente lo descubrió entre la maleza, a unos cincuenta metros del lugar del accidente. Había volado por el aire y aterrizado de espaldas en los yuyos. El pasajero llamó al chofer y todos se arrimaron formando un círculo alrededor de su cuerpo. Esperaban un milagro, una señal de vida, pero los minutos pasaban y nada. Todos estaban duros, petrificados en un silencio profundo en frente de lo que suponían un cadáver.

    Finalmente se notó un leve tremor en los párpados. Los ojos se abrieron y Zambón escudriñó el grupo. Sus ojos se detenían en cada uno de los rostros de los integrantes del círculo. De repente, sin que nadie lo esperara miró al cielo y lanzó un alarido de animal herido. A los presentes se les heló la sangre en las venas. Fue un grito desgarrador, inhumano, que surgió de lo más profundo de sus entrañas. Al mismo tiempo que pegó el aullido, con una agilidad insospechada en un hombre de su edad, dio un salto y se elevó en el aire. Al aterrizar sobre sus pies, se escuchó un crujido de huesos. De miedo, el grupo retrocedió. Zambón estaba completamente desarticulado. Intentó caminar, pero el cuerpo parecía descalabrarse a cada paso. Con un movimiento rápido acomodó algunos huesos, y otra vez intentó caminar, pero la cabeza miraba para un lado y los pies para otro. No se sabía si iba o venía. Los presentes seguían ensimismados el despliegue de contorsionismo y agilidad de Zambón. El hospital de Morón estaba ubicado a unas cuadras del accidente y una ambulancia que pasaba por el lugar, al notar la conmoción, se detuvo para averiguar qué estaba pasando. El chofer del autobús se acercó a la ambulancia y les explicó a los ocupantes que había atropellado a un tipo y lo había descuajeringado todo.

    Sin perder tiempo, los de la ambulancia bajaron una camilla y trataron de convencer a Zambón que los acompañara al hospital. Sin responder, bajó la cabeza y como un toro herido trató de abrirse paso entre la mar de gente distribuyendo patadas y trompadas a diestra y siniestra. La gente que hasta hacía poco se había compadecido de él, comenzó a devolver golpe por golpe. Una vez más trató de abrirse camino, pero alguien le hizo una zancadilla y Zambón cayó al suelo de cara al cielo. A esta altura, había perdido el conocimiento y ya no se defendía. El chofer del autobús y los dos enfermeros se habían unido a la trifulca y descargaban golpes sobre el cuerpo

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    inerte de Zambón. De los bollos, patadas, piñas, trompadas y escupidas, el rostro parecía una manzana podrida y un jugo espeso brotaba a borbotones de las orejas, la boca y las fosas nasales. Un ojo se le había salido de la órbita y colgaba precariamente de algunos nervios sobre su pálido rostro.

    Otra vez se volvió a formar el círculo y el grupo cayó nuevamente en un silencio solemne. Esperaban que volviera a abrir los ojos, esperaron en vano. Los enfermeros lo subieron a la camilla y lo llevaron a la sala de emergencia del hospital de Morón. El médico de guardia ordenó que se le extrajera sangre para someterla a un análisis clínico. Cuando llegó el resultado el médico no podía salir de su asombro. En el informe, los técnicos le aseguraban que no se trataba de sangre humana. El médico volvió al cuarto del paciente, y lo encontró despierto y de buen humor. Le explicó lo que había sucedido con el análisis de sangre y le preguntó: “¿Usted viene de la luna?”. Zambón largó tal carcajada que hizo temblar los cimientos del hospital. Se reía tanto que su cuerpo daba la impresión de que se desarticulaba en cualquier momento. Ya recompuesto, se levantó de la cama, procedió a sentarse en el suelo y comenzó a relatar un espeluznante e insólito episodio. Según él, una veraz ocurrencia en su vida.

    —Mi nombre es Johan Schwarzkempf. Nací en Ulm, una pequeña aldea en el sur de Alemania. Erwin Rommel**, estoy seguro de que oyó hablar de él, era originario del mismo pueblo. Fuimos amigos de infancia y asistimos a la misma escuela. Yo ambicionaba ser médico, Rommel militar. Nuestras vidas tomaron rumbos diferentes y dejamos de vernos por varios años. Durante la Segunda Guerra Mundial, ya con el grado de general, Rommel fue enviado a África donde estableció una sólida reputación como uno de los más hábiles comandantes de tanques de guerra y se ganó el apodo de “wustenfucks”, el zorro del desierto.

    Después de muchos años volvimos a encontrarnos. Yo serví como médico en el African Corps bajo el comando de mi amigo de infancia Erwin Rommel. En Egipto, durante la batalla de El Alamein sufrimos muchas bajas y nuestros tanques tuvieron que replegarse. Los heridos eran tantos que decidimos ayudar sólo a los que tenían posibilidades de sobrevivir. Mientras atendía a uno de los soldados fui herido de un balazo en la garganta. Intenté atraer la atención de mis colegas, pero había perdido la voz. Me quedé tirado esperando que alguien viniera a socorrerme. No sé cuánto tiempo pasó, pero al despertarme había caído la noche. A mi alrededor todo era silencio. Había perdido mucha sangre y me sentía muy débil. Sabía que, si no recibía una transfusión de sangre, me quedaban pocas horas de vida. De las tinieblas apareció una manada de chacales y comenzaron a alimentarse de los cadáveres. Algunos soldados estaban aún con vida y se podían oír los gritos de dolor y terror mientras los chacales los devoraban vivos. Uno de los chacales se acercó y pensé que me iba a atacar, pero se acostó mansamente a mi lado como para protegerme. Esa noche, después de pensarlo largamente, me hice una transfusión con sangre de chacal. Eso fue hace más de diez años y aún sigo vivo. A veces, cuando menos lo espero, una fuerza irracional, sobrehumana se apodera de mis facultades…—

    La noticia del hombre con sangre de chacal se transmitió como reguero de pólvora y todo el personal del hospital quería conocerlo. El médico de cabecera, doctor Moreno, decidió someterlo

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    a una serie de pruebas para ver si la sangre de chacal era responsable del comportamiento de Zambón. Pasaron los días y Zambón se convirtió en una figura muy popular entre los médicos a los cuales entretenía y asombraba con sus conocimientos, no sólo de medicina, pero sobre todo de aritmética y geometría.

    Después de más de dos semanas de encierro Zambón se ahogaba. No podía dormir en una cama, necesitaba el contacto con la tierra, pero más que nada extrañaba el gusto a sangre.

    Al salir del cuarto, notó que el enfermero asignado a su vigilancia se había quedado dormido sobre la silla. Lo tomó de la cabeza y con un rápido movimiento le quebró el cuello, matándolo en el acto. Luego de clavarle los incisivos se dirigió al final del corredor donde había una ventana abierta. Se tiró, cayendo al patio del primer piso y se metió por la primera puerta que encontró. Esta conducía a un pasillo largo al final del cual había un cuarto amplio lleno de camillas con cadáveres cubiertos con sábanas blancas. El olor que emitían los cuerpos era nauseabundo. Zambón corrió una de las sábanas dejando al descubierto el cuerpo de una bella mujer. Cuando estaba a punto de morderle el cuello, escuchó la voz de un hombre:

    —¿Qué está haciendo? —.

    El técnico, que estaba arreglando la refrigeración de la morgue, se acercaba amenazadoramente con una llave inglesa en la mano. Con increíble rapidez Zambón giró sobre sus pies y antes que el mecánico tuviera tiempo de golpearlo con la herramienta, lo tomó del cuello. Cuando lo soltó, el cuerpo cayó sin vida sobre el piso. Después de saciar sus instintos, se tiró en un rincón y se quedó dormido.

    Después de unas horas, una monja en compañía de una pareja que venía a reconocer a la hija fallecida en una fallida intervención quirúrgica entraron a la morgue y se encontraron con una escena macabra. Todos los cadáveres estaban descubiertos y algunos mostraban pruebas de haber sido canibalizados. Al escuchar los pasos, Zambón se despertó y se levantó como un muñeco impulsado por un resorte, lanzando un alarido desgarrador. Al ver la figura espectral de Zambón con el pijama blanco del hospital, sus ojos desorbitados y sus labios manchados de sangre, la monja sufrió un paro cardíaco y quedó fulminada en el acto.

    El doctor Moreno era un gran aficionado a la historia y a la mitología egipcia. Leyendo un libro sobre el tema, se entera que en el antiguo Egipto el guardián de la Necrópolis era Anubis, un dios con cuerpo humano y cabeza de chacal. Este dios protegía a los cadáveres de los chacales que durante las noches merodeaban las tumbas para devorarlos. En un pasaje se advertía: “El que comiera carne o tomase la sangre de una persona o animal, adquiriría las características del difunto animal o persona.”

    Munido con esta información, el doctor Moreno se dirigió al hospital dispuesto a preguntarle al paciente qué relación había entre él y el chacal humano Anubis. Pensó que el enfermero se había quedado dormido. Trató de despertarlo, cuando notó dos incisiones en el cuello de las cuales

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    corría un hilo de sangre que descendía sobre las blancas solapas del uniforme. Lo tomó de la barbilla y trató de levantar la cabeza, pero notó que el cuello estaba quebrado. Sin pérdida de tiempo, el doctor Moreno procedió a informar a las autoridades de los hechos ocurridos en el hospital. La policía descubrió que podían seguir el rumbo de la fuga de Zambón siguiendo el tendal de muertos que dejaba en el camino. Todo indicaba que se dirigía hacia el litoral para llegar a la triple frontera donde muchos nazis habían procedido a buscar refugio.

    A Zambón nunca más se lo volvió a ver. Muchos creen que se fue en uno de esos lujosos automóviles que visitaban la tapera. Se fue como había llegado, sin que nadie supiera cuándo, cómo y dónde se había ido. Después de algunas semanas de su desaparición, comenzaron a llegar noticias de personas que habían sido atacadas por un hombre lobo o lobizón. Luego de algunas horas de ser mordidas, las víctimas adquirían un vigor y una fuerza descomunal y atacaban a todos los que se cruzaban en su camino. A las pocas horas, el cuerpo de las víctimas se cubría con llagas llenas de sangre y pus, y antes de morir despedían de todos los orificios una bilis verdusca, muriendo presos de terribles dolores. Al principio sólo morían dos o tres personas por día, pero con el correr del tiempo el número de muertos aumentó con gran celeridad.

    Antes de la llegada de los españoles, tanto en el noreste argentino como en el Paraguay ya existía entre los guaraníes la creencia de un hombre lobo o lobizón. Era una criatura horriblemente fea de piel pálida y aspecto enfermizo. De su boca emanaba un olor nauseabundo y eran seres relacionados con la muerte. Si tocaban a alguien, esa persona moría a los pocos días. Si una persona era mordida por un lobizón, ésta se convertía en uno. Se creía que todo séptimo hijo varón se convertiría en lobizón. Tanto el presidente de la República como los gobernadores de las provincias apadrinaban a todo séptimo hijo varón para evitar que fueran asesinados por los vecinos y a veces hasta por los mismos padres.

    El ministerio de Salud de Misiones*** cerró las fronteras internas y con países limítrofes. Se dictaron medidas preventivas, como la de encerrarse en casa y no tener contacto con otros, ni siquiera con los propios familiares. Se recomendó colgar una cruz de ajo en la puerta de entrada de las casas. Hacerse gárgaras con tisanas de flor de cardo macho inmediatamente después de haber sido tocado o mordido por un hombre lobo. Confesarse tres veces por día, mañana, tarde y noche. Tragarse treinta y tres hostias bendecidas por un cura virgen, una por cada año de la edad de Cristo al morir. Hacer una cruz de sal en una encrucijada mientras se recita el siguiente hechizo, recomendado por Juana La Tuerta, famosa curandera local: “Sapo, lechuza, cangrejo, con esta cruz de sal el mal despejo.” Después había que escupir hacia las cuatro direcciones y todo lobizón que pasara sobre la cruz seria atrapado por poderes espirituales. Se recomendaba visitar la encrucijada a la medianoche y si había algún lobizón atrapado, clavarle una estaca en el corazón.

    Médicos charlatanes y compañías farmacéuticas se hicieron millonarios recetando y vendiendo vacunas, lociones, píldoras y cremas para toda clase de dolencias. La mayoría de estos productos eran totalmente inefectivos, mientras otros altamente mortales. Las cárceles y los hospitales estaban abarrotados, pero los casos seguían en aumento. Todas las mañanas la perrera municipal

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    salía a cazar lobizones con redes y armas de fuego. A los capturados se los llevaba a una cárcel dentro de la jungla alrededor de la cual se había levantado un paredón de gran altura. Los lobizones encerrados se mataban entre ellos a mordiscones.

    De un día para el otro, los medios de difusión dejaron de reportar los ataques y estos fueron disminuyendo paulatinamente hasta que no se habló más del asunto. Otras noticias pasaron a ocupar la primera plana de los diarios. En el barrio se decía que la pandemia había terminado porque Zambón había fallecido. Según el refrán: “Muerto el perro, muerta la rabia.” Después que Zambón abandonó Morón, en la tapera se encontraron un retrato de Hitler y una copia del libro Mein Kampf en alemán.

    *Algunas versiones sostienen que Hitler y Eva Braun se suicidaron al llegar los rusos a Berlín. Según estas versiones, luego que Eva ingiriera veneno, Hitler se mató con un disparo en la sien derecha. Sus cuerpos fueron incinerados en el jardín de la cancillería. Los militares rusos encontraron los cadáveres, pero estaban totalmente carbonizados y era imposible identificarlos. Los rusos aseguran que Hitler y su mujer fingieron su muerte y escaparon hacia la Argentina. Muchos aseguran que Hitler murió en el Paraguay en 1971. Su mujer, Eva Braun, lo sobrevivió y algunos testigos dicen haberla visto en Buenos Aires en los años 1990.

    **En 1944 Erwin Rommel estuvo involucrado en un plan para asesinar a Hitler. Debido a su estado de héroe nacional, se le dio la opción de un suicidio o la de someterse a una corte marcial. Optó por la primera y se tomó una píldora de cianuro.

    ***En la selva de Misiones, a cinco minutos de la frontera con el Paraguay, se descubrió una casa construída con piedras, que sirvió como escondite para varios miembros de la jerarquía nazi. En la misma se encontraron artefactos nazis de la época, como armas y monedas. Lo que más despertó la curiosidad de los antropólogos fue la gran cantidad de frascos medicinales que se encontraron en el sitio. Se especuló con la idea que tal vez fueran remedios que usaba Hitler para sus problemas digestivos. Es de dominio público que, debido a su estómago delicado, Hitler era vegetariano. Los antropólogos forenses afirmaban que esto era prueba fehaciente de que Hitler había usado la morada antes de cruzar al Paraguay. También se encontraron huesos humanos y se estableció que habían pertenecido a un hombre alto de unos sesenta años. Esta persona había nacido con lo que se conoce como coyuntura doble. Estos individuos son muy flexibles y muchos de ellos son contorsionistas. Tienen una gran facilidad para dislocar los huesos del cuerpo sin experimentar dolor alguno. Características que nos recuerdan a Johan Schwarzkempf.

    Glosario Bariloche: ciudad en la provincia de Río Negro

    Córdoba: capital de la provincia de Córdoba. Ciudad más populosa después de Buenos Aires. La Falda: ciudad en la provincia de Córdoba.
    Litoral: área cerca de un río o lago.
    Mar del Plata: ciudad en la provincia de Buenos Aires.

    Misiones: provincia en el noreste de la Argentina. Toma el nombre de las numerosas misiones jesuitas en la misma.
    Morón: ciudad en la provincia de Buenos Aires.
    Villa Tucul: pueblo situado a unos veinticinco kilómetros de Bariloche.

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    Autor: Theatre of Change 

    Este relato participa en el Concurso literario de cuentos y leyendas del Mundo. Es una interpretación libre del autor.

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