
Frente a la iglesia de San Pedro y San Pablo, se emplaza el Monasterio Cisterciense de San Bernardo, fundado a finales del siglo XVII.
Este convento tiene su origen en dos beaterios carmelitas, que existieron en el Campo de los Mártires: el de las Madres Potencianas y el de las Melchoras. El promotor del convento fue el Señor Arzobispo de Granada Fr. Francisco de Rois y Mendoza, monje cisterciense de Valparaíso.
En 1683 llegaron tres monjas, provenientes del convento cisterciense de Málaga, para llevar a cabo la fundación; dos de ellas eran hijas del escultor Pedro de Mena.
El primer año las monjas estuvieron en el beaterio, pero dado que el edificio no reunía las condiciones de la clausura, se trasladaron a unas casas junto a la capilla de San Onofre, en la cuesta de Gomérez.
En 1695 las monjas marcharon definitivamente al emplazamiento actual, que había sido la casa de Mariana de la Torre y Esparza.

Doña Mariana de la Torre y Esparza murió en 1682. Dejó todas sus propiedades al reunificado beaterio, con la condición de que se constituyera en Monasterio bajo la Regla de San Benito o San Bernardo. Su iglesia fue consagrada a San Ildefonso.
La actual iglesia data del siglo XIX. Consta de una sola nave con cúpula con linterna .
En julio de 1815 comenzó la construcción del nuevo convento de San Bernardo, sobre el solar de unas casas, frente a la iglesia de San Pedro, que eran propiedad de la comunidad.
La construcción de la iglesia fue iniciada bajo la dirección de Juan Puchol, maestro mayor de las obras del arzobispado. A Puchol le sucedieron los arquitectos Alfonso Guerrero y su hijo Alejo, quienes dejaron la obra muy adelantada. A finales de los años 20 del siglo XIX apenas le faltaban las cubiertas, las bóvedas, y los suelos del coro. En 1830 el arzobispo de Granada facultó a José Contreras para que finalizara las obras y completara la traza de las partes inconclusas.

La puerta de acceso al templo se encuentra en un lateral, concretamente en el nº45 de la Carrera del Darro .
La portada, de cantería, se divide en dos cuerpos. El inferior está protagonizado por un arco de medio punto , enmarcado entre dos semicolumnas lisas de base cuadrada.
El cuerpo superior, de menor tamaño que el inferior, está centrado por una hornacina flanqueada por pináculos. La hornacina acoge una historiada cartela de azulejería en la que se puede leer: “Monasterio de San Bernardo – Granada – Año 1682”. Rematando el conjunto hay una cruz de piedra.
Al atravesar la puerta y acceder al interior del templo veremos una iglesia sencilla y austera, de planta rectangular, de una sola nave con capilla mayor diferenciada mediante un arco toral de medio punto. La nave se cubre con bóveda de medio cañón con lunetos y arcos perpiaños.

A ambos lados de la nave y debajo de cada luneto se abren sendos vanos abocinados, que dan luz a la iglesia.
El altar mayor está cubierto por una cúpula semiesférica, elevada sobre pechinas, que cuenta con una pequeña linterna.
A los pies de la iglesia se sitúan dos coros: uno bajo, sobreelevado, al que se accede por una escalera de cinco peldaños y a través de una impresionante rejería. El otro coro está en alto, sin acceso desde la iglesia.
La iglesia se comunica a través de un pasadizo sobre la calle Gloria con la Casa de la Torre, una vivienda nobiliaria del siglo XVII.
La nave presenta cinco retablos que sirven para albergar excelentes tallas. Entre ellas destacamos cuatro del escultor Pedro de Mena: un San Benito, un San Bernardo, la imagen de la Virgen que preside el coro del convento, y un magnífico Cristo crucificado. Del artista Francisco Enríquez es el cuadro en el que figura la imposición de la casulla a San Ildefonso, también la puertecilla del sagrario. De Atanasio son dos retratos de santas cistercienses y la Virgen apareciendo a San Ildefonso.

El órgano de la iglesia se sitúa en el lateral derecho, a la altura del coro superior. Fue construido por Miguel González Aurioles en 1835, y reformado a principios del siglo XX por el organero Pedro Ghys Guillemín. El instrumento sufrió graves daños en abril de 1956 a consecuencia del gran terremoto de Atarfe-Albolote de grado VII, que causó importantes destrozos en muchos inmuebles del Albaicín.