
La Guerra de la Independencia (1808-1814) provocó una de las mayores destrucciones del patrimonio de España. El ejército de Napoleón Bonaparte saqueó sistemáticamente iglesias, palacios y museos, enviando miles de obras de arte al Museo del Louvre o a residencias privadas de sus generales.
La Ocupación de Granada y la Degradación de la Alhambra (1810-1812)
Las tropas napoleónicas, con un contingente de más de 3.000 soldados, penetraron en la vega de Granada el 27 de enero de 1810. Las autoridades granadinas optaron por capitular de inmediato para evitar una masacre.
Para el acuartelamiento los franceses eligieron la Alhambra, el monasterio de San Jerónimo , y la Silla del Moro. Por su parte Sebastiani fijó su residencia en la Real Chancillería.

Las salas y patios de la Alhambra se convirtieron en dormitorios comunes, y sus alas orientales se transformaron en establos para la caballería francesa. Fruto de la ocupación el conjunto sufrió daños devastadores.
El Plan de Voladura de 1812
La evolución de la contienda forzó un cambio en el verano de 1812. Las guerrillas españolas y el avance del ejército regular bajo el mando del príncipe de Anglona comenzaba a estrechar el cerco sobre la capital granadina. Ante la amenaza inminente de quedar completamente aislados y ser capturados, los mandos galos tomaron la decisión de abandonar la ciudad.
El 6 de septiembre de 1812 los franceses prepararon la destrucción de todo el armamento, las defensas y los enclaves estratégicos de Granada.

El mariscal Jean de Dieu Soult ordenó volar los molinos de pólvora de El Fargue y disponer potentes cargas explosivas en los puntos neurálgicos de la ciudad. En la Alhambra, el plan fue ejecutado por el cuerpo de zapadores franceses.
La destrucción total de la Alhambra parecía asegurada. El fuego avanzaba velozmente a través de las canalizaciones de pólvora. Las detonaciones iniciales comenzaron a sucederse con tal estruendo que hizo temblar los cimientos de Granada. El resultado de estas primeras explosiones fue devastador: se vinieron abajo diez torres fortificadas. Entre las estructuras derruidas para siempre o gravemente dañadas se encontraban la Torre de los Siete Suelos, la Torre del Agua y la Torre del Cabo de la Carrera. Asimismo, la onda expansiva destruyó una parte considerable del Palacio de los Abencerrajes . El fuego continuaba su avance hacia la Torre de las Infantas y el núcleo de los Palacios Nazaríes ; de haber alcanzado las cargas principales, la Alhambra habría quedado reducida a un páramo de escombros intransitables.
La Gesta de José García, el «Cabo Pepillo»
Fue en ese instante crítico, cuando la supervivencia del monumento pendía de un hilo, cuando se sitúa la intervención de un héroe anónimo. Su nombre era José García, un militar conocido popularmente como el «Cabo Pepillo». Según la tradición, José García había combatido en la Batalla de Bailén (1808), donde perdió una mano y quedó gravemente herido en una pierna, por lo que pasó a servir en el Real Cuerpo de Inválidos destinado en la Alhambra.

Los miembros de este cuerpo desempeñaban discretas labores de orden y vigilancia.
Aquella fatídica jornada de la retirada francesa, ningún superior militar envió al mutilado cabo a enfrentarse al peligro; las tropas oficiales españolas aún se encontraban en camino y la guarnición local había huido ante el temor a las explosiones. Sin embargo, José García entendió que su juramento de servicio le exigía proteger aquel palacio. Arrastrando su ostensible cojera y apoyado en su muleta, comenzó a ascender en solitario la empinada cuesta que conducía al recinto defensivo. Se adentró en un escenario dantesco, abriéndose paso como pudo entre muros que se desplomaban, vigas calcinadas y nubes de humo asfixiante.
El militar pudo localizar las mechas de comunicación que unían la Torre de la Carrera y la Torre de las Infantas. Las líneas de fuego ardían con un siseo continuo, avanzando hacia los barriles de pólvora. El cabo era consciente de que si fallaba en su intento, la explosión no dejaría el más mínimo rastro de su persona, pero tampoco del monumento.
José García no vaciló ni un instante. En el momento en que descubrió que una de las mechas se encontraba a tan solo un palmo de alcanzar un gran barril de pólvora, se lanzó de frente con todo su peso, cayendo sobre el hilo ígneo y aplastándolo con su propio cuerpo, logrando sofocar la combustión inicial.

Tras apagar una de las mechas principales, el Cabo Pepillo se fue arrastrando por las estancias y los adarves , extinguiendo varios regueros de fuego utilizando la única mano que le quedaba, golpeándolos con el madero de su muleta e incluso, se cuenta, que orinando sobre los últimos tramos ígneos. Nadie estuvo allí para presenciar su hazaña en la soledad de la noche. Consumó su gesta en el más absoluto de los anonimatos.
Entre el Mito Historiográfico y la Realidad Documental
A pesar del heroísmo que impregna el relato en la Granada de la época, la salvación de los Palacios Nazaríes fue atribuida de inmediato a un milagro celestial.
Sin embargo, desde una perspectiva historiográfica el debate permanece abierto entre los investigadores.
Los análisis técnicos sugieren alternativas para el fallo de las demoliciones francesas. Es muy probable que la precipitación de las tropas napoleónicas en su huida provocara errores de cálculo en el ensamblaje de los ramales de las mechas, o bien que la elevada humedad acumulada en los conductos subterráneos apagara el fuego antes de que este pudiera alcanzar los depósitos centrales de pólvora. Asimismo, no se descarta la intervención espontánea de pequeños grupos de ciudadanos anónimos que merodeaban por el recinto desierto buscando pillaje y que cortaron los cables para evitar su propia muerte.
La figura de José García presenta importantes lagunas desde el punto de vista documental. Se ha escrito con frecuencia que el cabo logró sobrevivir al conflicto bélico, que pasó el resto de sus días sumido en la más absoluta de las miserias y que falleció víctima de la tuberculosis o de la epidemia de cólera que azotó el país entre 1834 y 1836.
Sin embargo no hay registros documentales ni ningún archivo militar, ya sea de la administración española o francesa, que mencionen el nombre de este cabo de inválidos. Tampoco aparece en las crónicas de los periódicos de la época ni en los documentos administrativos del Ayuntamiento de Granada. Incluso cuando los viajeros románticos como Washington Irving, Richard Ford o Alfred de Musset llegaron a la ciudad décadas después fascinados por la Alhambra, ninguno dejó constancia en sus diarios de la existencia de este personaje.
La primera referencia sobre el cabo García es de naturaleza estrictamente literaria. Fue en 1843 cuando el escritor e historiador granadino Miguel Lafuente Alcántara hizo mención por primera vez a este soldado en su célebre obra El libro del viajero en Granada.

A partir de esa publicación, el testigo fue recogido por otros eruditos y arqueólogos españoles de la talla de José Jiménez Serrano, Manuel Gómez Moreno, José Amador de los Ríos o Francisco de Paula Valladar; este último llegó a dedicar varias décadas de su vida a investigar los archivos militares con el firme pero infructuoso propósito de hallar el rastro documental del héroe.
La leyenda no dejó de crecer llevando a que en 1923 se aprobara de forma institucional la creación de una placa conmemorativa en su honor. La cartela de mármol que sufragada por el general del Cuerpo de Inválidos de la fortaleza. No obstante, la pieza quedó guardada en los almacenes debido a las turbulencias políticas del periodo. Hubo que esperar hasta el año 1936 para que el entonces delegado de Bellas Artes y conservador de la Alhambra, el reputado médico e intelectual Fidel Fernández, decidiera rescatar el homenaje del olvido. Sin grandes ceremonias institucionales, discursos políticos ni orquestas, el doctor Fernández tomó la placa de mármol, reunió a un pequeño grupo de albañiles y la colocó de forma definitiva en un muro de la Plaza de los Aljibes, justo en el acceso principal a la Alcazaba, lugar donde permanece visible en la actualidad para testimonio de los visitantes.
Sea real o legendario, José García representa el símbolo de quienes, desde el anonimato, contribuyeron a preservar uno de los monumentos más importantes de la historia de España.
Cronología de los Hechos (1810-1936)
| Año | Acontecimiento Histórico y Patrimonial | Impacto en el Monumento |
| 1810 | Entrada de las tropas del general Sebastiani en la vega de Granada y capitulación de la ciudad. | La Alhambra se transforma en cuartel militar y sus dependencias en establos. |
| 1811 | Obras forzadas de fortificación perimetral impulsadas por el mando militar francés. | Deforestación masiva de los cerros de la Sabika y colocación de más de 100 cañones. |
| 1812 | Evacuación francesa de Andalucía y orden de voladura de la fortaleza por el mariscal Soult. | Destrucción de 10 torres (Siete Suelos, del Agua). Salvación de los Palacios por José García. |
| 1834 | Supuesta muerte de José García en Granada durante la epidemia de cólera o tuberculosis. | El héroe fallece en el anonimato y la miseria sin recibir condecoraciones oficiales. |
| 1843 | Publicación de El libro del viajero en Granada por el historiador Miguel Lafuente Alcántara. | Primera mención escrita e institucionalización del nombre de José García en la literatura. |
| 1923 | Aprobación oficial para la instalación de una placa en honor al cabo del Cuerpo de Inválidos. | La iniciativa queda paralizada por la inestabilidad política y el mármol es almacenado. |
| 1936 | El conservador Fidel Fernández recupera y coloca la placa en el muro de la Plaza de los Aljibes. | Consagración física de la leyenda en el itinerario oficial del monumento hasta la actualidad. |