
Hoy nos acercamos a las estribaciones de Sierra Mágina. Allí, entre las localidades de Montejícar, y Huelma, se alzan los restos de una de las torres de vigilancia más desconocidas de la provincia: La Torre de Gallarín.
La Torre de Gallarín está enclavada a unos imponentes 1.300 metros sobre el nivel del mar, en el cerro conocido como la Atalaya. Este enclave marca la frontera entre los municipios de Noalejo y Montejícar.
El baluarte se erigió como un bastión estratégico, vigilando el antiguo trayecto entre las tierras de Jaén y Granada. Y aunque hoy apenas quedan restos tangibles de su imponente presencia, el eco de su historia reverbera en las narraciones locales, colmando la memoria colectiva de cuentos y leyendas. Entre estas historias, destaca el relato del tesoro escondido de Almanzor.
La ubicación de la Torre de Gallarín trasciende su papel como mero punto de control en el antiguo camino que conectaba Cambil y Huelma con Montejícar y otras localidades del reino de Granada. Al situarse en un punto clave, esta torre no solo vigilaba el paso entre las tierras de Jaén y Granada, sino que también facilitaba la comunicación entre las poblaciones históricas del entorno.
A los pies de la torre discurre un antiguo camino prehistórico que enlaza el Alto Guadalquivir con la región intrabética granadina, evidenciando su importancia como vía de tránsito ancestral. Además, formó parte del trazado original de la vía romana Cástulo-Acci, cuyo legado perdura en parte como la vía pecuaria conocida como el cordel del Salado, cerca de las salinas de Montejícar

Desde este emplazamiento estratégico, se puede avistar un conjunto de fortalezas y torres que puntean el paisaje circundante, como La Guardia, Huelma, Alhabar, Collar, Montejícar y las torres de la Pedregosa, la Estrella y la del cortijo de la Torre, ubicada en el término de Huelma.
La relevancia de la Torre de Gallarín se acentuó aún más en la Baja Edad Media , especialmente después de la conquista del valle del Guadalquivir por parte de Fernando III. La frontera entre los reinos cristianos y musulmanes se estableció en las cumbres de la Subbética giennense, con los castillos de Cambil y Alhabar como avanzada del reino nazarí de Granada .
La conquista del castillo de Huelma por el Marqués de Santillana en 1438 desplazó la frontera hacia la Torre de Gallarín, intensificando la necesidad de vigilancia en este paso hacia Montejícar. Los musulmanes temían incursiones cristianas, lo que incrementó la importancia estratégica de esta torre como bastión defensivo en la región.
¿Cómo era la Torre de Gallarín?

No hay registros detallados sobre la apariencia exacta de la torre, pero podemos inferir que era similar a otras torres de vigilancia construidas durante los siglos XIV y XV. La torre tenía una forma circular con un desarrollo troncocónico que se elevaba hasta aproximadamente 9 metros de altura. Su construcción consistía en mampostería y grandes piedras unidas con capas generosas de cal. Su estructura constaba de dos tercios inferiores sólidos y un tercio superior hueco, donde se encontraba la estancia reservada para los vigías. El acceso a este espacio se lograba a través de una puerta-ventana situada a unos 5 metros desde la base. Una escalera, hecha de cuerdas o madera y colocada según las necesidades tácticas, permitía llegar a esta entrada. La habitación de los vigías tenía aproximadamente 2 metros de altura y estaba cubierta por una bóveda semiesférica revestida de mortero de cal. Desde este punto estratégico, los vigías tenían otra ventana que daba hacia la zona de vigilancia. Esta estancia estaba conectada a la terraza por escaleras hechas con grandes mampuestos que sobresalían del muro interior. La terraza estaba protegida por un parapeto perimetral que ofrecía una vista panorámica excepcional del territorio circundante. Cuando el encargado de la torre detectaba algún peligro, emitía señales de alarma utilizando principalmente dos métodos: durante el día, mediante humo o señales luminosas, y durante la noche, con hogueras.
La Leyenda de la Torre de Gallarín
La leyenda cuenta la historia de un tesoro oculto cerca de la Torre de la Atalaya en Sierra Mágina. Según la narración de un anciano de Noalejo, durante la época musulmana, el cortijo de la Torre pertenecía a un moro llamado Gallarín.
En una de las visitas del rey Almanzor al cortijo, este decidió confiar a su amigo la custodia de sus tesoros más preciados.
Con la ayuda de los leales seguidores de Gallarín, se excavó un profundo subterráneo donde se ocultaron las riquezas acumuladas por Almanzor durante sus conquistas por la península. Entre los tesoros, se destacaban nueve caballos cargados de oro y el legendario collar de la Reina de Nápoles. Sin embargo, la confianza entre ambos se quebró cuando Almanzor, temeroso de la ambición de su amigo, maquinó una traición que terminó con la vida de Gallarín y de todos aquellos que le habían ayudado. La torre y el cortijo fueron reducidos a escombros, y el lugar quedó desolado, sin rastro de su próspero pasado.
Con el tiempo, Almanzor fue derrotado en tierras lejanas, llevándose consigo el secreto del tesoro de Gallarín. Pero la leyenda no terminó ahí. Años más tarde, una dama rica de los alrededores de Cambil recibió una copia del testamento de Almanzor, que detallaba la ubicación exacta del tesoro. Sin embargo, antes de que pudiera emprender la búsqueda, una enfermedad misteriosa acabó con su vida, dejando el documento olvidado en su antiguo cortijo
Los nuevos dueños del cortijo descubrieron el testamento decidiendo que siguiera escondido. Sin embargo una criada memorizó los detalles del documento. La descripción detallada del tesoro indicaba un lugar cercano a la torre, pero a pesar de innumerables intentos de hallarlo, el tesoro de Gallarín sigue oculto en los recónditos rincones de Sierra Mágina, esperando ser descubierto por algún aventurero valiente y audaz.