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La Torre de las Cabrerizas: centinela silenciosa del Montefrío nazarí

    La Torre de las Cabrerizas: centinela silenciosa del Montefrío nazarí

    Hay lugares capaces de convertir un simple paseo por el campo en un viaje inesperado al pasado. En el municipio Montefrío, tierra de fronteras antiguas y panorámicas que cortan la respiración, encontramos uno de esos enclaves donde la historia parece emerger entre tomillos, y encinas castigadas por el viento: la Torre de las Cabrerizas.

    Quien la visite hoy verá apenas los restos de una atalaya humilde, una corona de piedras que se aferra al cerro como puede. Pero basta detenerse un momento para imaginar otra escena: vigías en lo alto, braseros encendidos para comunicar señales, caballos avanzando por los pasos estrechos, y la frontera nazarí , siempre despierta, siempre en tensión.

    Porque esta torre, aunque pequeña, fue un engranaje crucial de uno de los sistemas defensivos más complejos de la Península Ibérica. Y su historia merece ser contada sin prisas.

    Un paisaje que fue frontera

    La Torre de las Cabrerizas se levanta —o mejor dicho, se resiste a desaparecer— sobre una loma situada a unos 2.700 metros al norte del castillo de Montefrío, dominando el Barranco de Cabrerizas, en un territorio donde el paisaje es tan abrupto como hermoso. Desde sus 948 metros de altitud, el horizonte se abre hacia caminos ancestrales: el del arroyo Milanos, las Angosturas y las veredas que siglos atrás conectaban Montefrío con Alcalá la Real.

    Hoy la vegetación es discreta —encinas dispersas, coscojales, manchas resistentes de peonías—, pero en tiempos medievales esta zona era descrita como un mosaico frondoso de robledales y encinares. También era un corredor natural para incursiones, cabalgadas y movimientos militares.

    Y eso lo cambia todo.
    Porque allí donde hoy paseamos entre bancales y senderos, hace seis siglos se jugaba el destino del Reino Nazarí de Granada.

    Cuando en 1341 cayó Alcalá la Real, el emirato perdió una de sus llaves fronterizas más importantes. Aquello obligó a reorganizar de urgencia toda la línea defensiva noroccidental: Montefrío, Íllora y Moclín se convirtieron en auténticos muros de contención, y entre ellos proliferaron torres-atalayas como las piezas de una red nerviosa que alertaba sobre cualquier movimiento enemigo.

    En este contexto nació Cabrerizas.

    La Torre de las Cabrerizas: centinela silenciosa del Montefrío nazarí

    Una torre levantada en tiempos convulsos

    Los estudios arqueológicos coinciden en situar la construcción de la Torre de las Cabrerizas en pleno siglo XV, en el momento quizá más crítico para el Reino Nazarí. A las tensiones internas entre facciones se sumaban constantes ataques castellanos: las campañas de Alonso Fernández de Córdoba en 1410, las agresiones sistemáticas del Condestable Miguel Lucas de Iranzo en las décadas centrales del siglo, o la caída de plazas cercanas como Cesna (1435) o Pesquera (1436), que dejaron esta zona aún más expuesta.

    La geografía mandaba.


    El castillo de Montefrío —un coloso asentado en un espolón rocoso prácticamente inexpugnable— tenía una “zona oscura”: un punto ciego que no podía vigilar desde sus torres. Y era precisamente por esa brecha natural, siguiendo el cauce del arroyo Milanos, por donde solían internarse las cabalgadas cristianas.

    La Torre de las Cabrerizas: centinela silenciosa del Montefrío nazarí

    La solución fue tan simple como genial: levantar una atalaya avanzada que cubriera ese hueco. De ese modo nació la Torre de las Cabrerizas, complementada poco después por la Torre del Cortijuelo, que reforzaría la vigilancia de este paso vital.

    Así, Cabrerizas se convirtió en un “sensor temprano”, una alarma adelantada capaz de detectar cualquier incursión antes de que esta alcanzara la villa o el castillo.

    Cómo era realmente la Torre de las Cabrerizas

    La Torre de las Cabrerizas: centinela silenciosa del Montefrío nazarí

    A principios del siglo XXI, la torre apenas era un montículo de piedras. Sin embargo, las excavaciones realizadas en 2005 permitieron reconstruir su forma original y conocer con precisión cómo se levantó y cómo funcionaba.

    1. Planta y dimensiones

    Era una atalaya cilíndrica de planta circular, con:

    • Diámetro: unos 5 metros
    • Perímetro: 14,60 metros
    • Altura original estimada: entre 8 y 10 metros
    • Altura conservada antes de la intervención: alrededor de 1 metro (aunque solo 30 cm en el lado sur por un gran socavón)

    El interior no era accesible en su parte baja: como era habitual, la zona inferior era maciza, lo que daba estabilidad y dificultaba el asalto.

    2. Construcción: una obra de precisión

    La Torre de las Cabrerizas: centinela silenciosa del Montefrío nazarí

    La torre se levantó directamente sobre afloramientos naturales de caliza, utilizando la técnica característica de las atalayas nazaríes:

    • Mampostería enripiada o concertada
    • Hiladas de piedras colocadas horizontalmente
    • Ripios (piedras pequeñas) para ajustar los huecos entre los bloques mayores
    • Mortero de cal muy puro, aplicado con maestría
    • Un enlucido exterior de cal que cubría todo el cilindro

    Este enlucido tenía una doble función:

    • Proteger la torre de la lluvia, heladas y erosión
    • Impedir que los atacantes escalaran el muro

    Incluso aparecieron restos de una decoración romboidal realizada en sílex, una pequeña lágrima tallada, muy similar a las documentadas en otras torres nazaríes como Pesquera.

    3. Alteraciones y daños

    La Torre de las Cabrerizas: centinela silenciosa del Montefrío nazarí

    La torre sufrió tres grandes tipos de deterioro:

    • Bioturbación: raíces de árboles que desplazaron piedras
    • Erosión natural
    • Daños humanos, especialmente un enorme agujero practicado por buscadores de tesoros, que dejó al descubierto parte del núcleo

    Vida en la torre: un hogar militar mínimo

    Las excavaciones no solo revelaron cómo era la torre: también cómo vivían sus ocupantes.

    En el interior apareció una zona de cocina, con restos de fogones y fragmentos de cerámica que permiten imaginar la rutina de los torreros. Las piezas encontradas son exclusivamente de cerámica común nazarí del siglo XV, lo que confirma una ocupación breve pero intensa.

    El ajuar hallado incluye:

    • Cazuelas
    • Marmitas
    • Jarras y jarritos
    • Lebrillos
    • Tinaja y tapadera

    Y una ausencia reveladora: no hay vajilla fina de mesa, como ataifores o cuencos esmaltados. Nada de lujo, nada superfluo.

    Los torreros vivían con lo imprescindible: utensilios de cocina, contenedores para agua y alimentos, y la disciplina de quien sabe que de su vigilancia depende todo un territorio.

    En cierto modo, estas torres eran microhogares militares, habitados por pequeños grupos de soldados que no solo observaban: mantenían el fuego listo para señales nocturnas, reparaban el enlucido, escuchaban el silencio del campo… y esperaban.

    Un engranaje clave en una red inteligente

    La Torre de las Cabrerizas no estaba sola. Formaba parte de un sistema defensivo de al menos 15 torres que protegían el sector de Montefrío. Entre ellas:

    Todas ellas, dependiendo del castillo de Montefrío, mantenían una cadena de comunicación visual, una auténtica red de “internet medieval” basada en señales de humo, fuego y espejos.

    Este sistema enlazaba a su vez con Íllora, Moclín y Loja, y desde allí con el corazón del Reino de Granada.

    Es emocionante imaginar ese entramado: torres aisladas pero conectadas, centinelas repartidos por cerros y barrancos, una frontera viva y alerta, una “piel sensorial” que permitía responder con rapidez a cualquier agresión.

    Y en esa piel, Cabrerizas era uno de los puntos más sensibles.

    Cabrerizas, hoy

    Quien suba ahora al cerro encontrará un círculo de piedras humildes, restos de enlucido adheridos a la base y un silencio que parece cargado de memoria. Pero también una vista amplia, limpia, estratégica: la misma que tuvieron los torreros nazaríes hace seiscientos años.

    La magia del lugar no está en la monumentalidad, sino en su capacidad para devolvernos a un tiempo donde cada torre, por pequeña que fuera, podía decidir el destino de un reino.

    Desde esta loma, entenderás mejor la épica silenciosa de las fronteras medievales.

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