
Granada es mucho más que la Alhambra. Quien se aventura a cruzar sus vegas, sus caminos y sus aldeas olvidadas, descubre un territorio donde la historia late bajo los olivos y las acequias murmuran leyendas de frontera. En el corazón del Poniente Granadino , entre los ríos Genil y Cacín, se alza un lugar que pocos conocen pero que guarda siglos de secretos: el Castillo de Tájara, en la Casería de Las Torres, dentro del término municipal de Huétor-Tájar.
Es fácil pasarlo por alto. Desde la carretera no se distingue nada de la fortaleza. Pero quien se detiene a mirar con atención entiende que aquí se fraguó una parte esencial de la Historia Nazarí . Este rincón, hoy tranquilo y agrícola, fue en otros tiempos una plaza de armas, un refugio campesino y un baluarte contra la conquista cristiana. Y aunque el tiempo lo haya cubierto de polvo y almendros, Tájara sigue custodiando la memoria de la Vega de Loja.
Un castillo en la frontera del reino
Para entender Tájara hay que viajar mentalmente al siglo XV, a los últimos días del Reino Nazarí de Granada. Era un tiempo de guerra, intrigas y alianzas frágiles. En aquella frontera viva, donde los campos podían ser fértiles un año y arrasados al siguiente, surgieron decenas de fortalezas rurales. Eran puntos estratégicos que controlaban los pasos, los caminos y los vados de los ríos. Uno de ellos fue Tájara, o Tâyara, como lo llamaban sus habitantes musulmanes.
Su ubicación no fue un capricho. Aquí confluían los caminos reales que unían Granada con Loja, y Alhama con Montefrío. Además, un vado sobre el río Genil permitía cruzar fácilmente entre ambas márgenes. Era un lugar ideal para vigilar y resistir, y también para cultivar. La Vega de Tájara, fértil y regada por las aguas del Cacín, garantizaba el sustento de sus gentes incluso en tiempos de asedio.
Los historiadores sospechan el topónimo de Tájara o Táxara proviene de un término bereber, posiblemente relacionado con la palabra azrou, que significa “peña” o “peñón”. Y es que el castillo se levantó precisamente sobre una ligera elevación natural, un promontorio que domina la vega. Desde allí se controlaba todo el entorno, y las torres ofrecían una vista privilegiada de los campos que alimentaban al reino.
La fortaleza de las cuatro torres

Las crónicas castellanas de la época describen a Tájara como una “villa fuerte y cercada”, con una fortaleza cuadrangular y cuatro torres en sus esquinas. Las casas del pueblo formaban una muralla continua, unidas entre sí “a casa muro”, y las calles eran tan estrechas que apenas pasaba una bestia de carga. Las fachadas tenían saeteras, y las puertas, gruesos tablones de madera reforzados con hierro.
Era una alquería de unos 300 vecinos, una comunidad agrícola que también sabía de guerra. Cuando sonaban las alarmas, los campesinos se refugiaban tras los muros, llevando consigo el grano, el aceite y los animales. Dentro de la fortaleza se almacenaban trigo, cebada, habas y garbanzos, tesoros más valiosos que el oro en una tierra asediada.
Pero aquella vida pendía de un hilo. En 1431, las tropas del condestable Álvaro de Luna, al servicio de Castilla, arrasaron la zona. Tájara fue incendiada, aunque no conquistada. La crónica cuenta que las tropas talaron los campos pero siguieron su marcha, “porque no era tal fortaleza que tomada se pudiese detener”. No sabían que, medio siglo después, volverían para acabar lo que habían empezado.
En 1483, en plena ofensiva de los Reyes Católicos, Tájara resistió un asedio brutal. La artillería cristiana —bombardas y ribadoquines— abrió brechas en las torres y las murallas. Los defensores, unos 250 hombres, se negaban a rendirse. Finalmente enviaron un alfaquí a parlamentar. La respuesta fue implacable: la fortaleza debía ser arrasada. Las torres se desmocharon, las casas fueron incendiadas y los campos, talados. Así cayó Tájara, y con ella, una parte de la resistencia nazarí en la Vega de Loja.

El milagro del agua: la Vega de Tájara
A pesar de tanta destrucción, la tierra siguió viva. El gran tesoro de Tájara no estaba solo en sus muros, sino en su sistema de regadío medieval, una auténtica obra de ingeniería que aún hoy alimenta los cultivos del entorno.
Desde tiempos islámicos, las aguas del río Cacín se distribuían por una red de acequias que transformaron la vega en un vergel. La principal, conocida en época moderna como Caz o Canal de la Emperatriz Eugenia, tiene unos 14 kilómetros de longitud. En los documentos del siglo XV aparece como “la acequia gorda del río Cacín que viene a Taxara”. Su trazado sigue, casi idéntico, el que diseñaron los maestros de obra nazaríes.
Aquella red hidráulica no solo regaba los campos, sino que también movía ingenios como el Molino de Tajarilla, una joya de la tecnología agrícola medieval. Aprovechaba un salto de agua para moler el grano sin interferir con el riego.

El sistema permitía cultivar panes y legumbres todo el año. En las crónicas se menciona la abundancia de trigo y cebada, y todavía hoy los vecinos de Huétor-Tájar presumen de sus espárragos verdes y su huerta generosa. La Vega Vieja —como se llama ahora a la antigua Vega de Tájara— es un mosaico de regadíos que sigue latiendo al ritmo del agua, igual que hace seiscientos años.
Del castillo a la casería: cuando la historia se hace tierra
Tras la conquista cristiana, el destino del castillo cambió. La fortaleza fue demolida casi por completo, y sus piedras se aprovecharon para levantar una casería, una gran finca agrícola. Durante siglos, Tájara pasó de ser bastión a cortijo, y luego a simple recuerdo. En los archivos aparece citada como propiedad de familias nobles, entre ellas los Montijo, antepasados de la emperatriz Eugenia.
El lugar se conoció como Casería de Las Torres, nombre que mantiene hasta hoy y que alude a las viejas torres medievales que todavía asoman entre los muros. Las investigaciones arqueológicas recientes han confirmado que buena parte de la casería se edificó sobre las estructuras del castillo nazarí.

Bajo sus paredes se esconden tres épocas superpuestas:
- Fase I (siglos XIV-XV): el castillo medieval, con sus torres y murallas de mampostería y tapial de cal y canto.
- Fase II (siglos XVI-XVIII): la adaptación a finca agrícola, con muros mixtos de tapial y ladrillo.
- Fase III (siglo XX): las reformas contemporáneas, cuando se construyó la vivienda actual sobre las viejas estructuras.
El estudio dirigido por las arqueólogas Inmaculada Rodríguez García y Mª Reyes Ávila Morales documentó en 2021 la existencia de una torre interior conservada, parte del perímetro amurallado y muros de gran espesor (hasta dos metros) que revelan la potencia defensiva original. También hallaron graffitis geométricos en los muros, probablemente de época moderna, y restos de suelos empedrados que podrían haber pertenecido a patios o accesos del castillo.
Cada muro, cada piedra, cuenta una historia. En algunos puntos se aprecia cómo las paredes de la casería se apoyan directamente sobre los cimientos medievales, como si el tiempo se hubiera limitado a superponer capas sin borrar del todo el pasado.
El renacer de Tájara: arqueología y memoria
Durante décadas, el castillo permaneció oculto bajo escombros y maleza. Fue gracias al Ayuntamiento de Huétor-Tájary a la Diputación de Granada, dentro del Programa Provincial de Conservación del Patrimonio Arqueológico Municipal (2020), que se emprendió un proyecto de limpieza, consolidación y estudio de tapiales.
Las excavaciones y catas de estratigrafía muraria han permitido no solo asegurar los restos, sino también comprender la evolución del conjunto. El análisis ha revelado la técnica del tapial calicastrado, una fórmula constructiva muy usada en la arquitectura nazarí: capas alternas de cal y arena que forman una costra dura en el exterior del muro, resistente al tiempo y a los embates del clima.
Las arqueólogas recomiendan continuar con las excavaciones para delimitar completamente el perímetro del castillo y localizar la antigua alquería de Tájara, que debió extenderse por las parcelas adyacentes. Se cree que bajo los campos aún descansan restos de viviendas, hornos y corrales medievales.
Gracias a estas investigaciones, Tájara ha dejado de ser solo un nombre en los documentos antiguos. Hoy es un Bien de Interés Cultural (BIC) vivo, con un relato que vuelve a escribirse piedra a piedra. Y lo más hermoso es que sigue siendo un paisaje habitado: campesinos que trabajan la tierra, acequias que siguen corriendo, aves que sobrevuelan el mismo horizonte que hace seis siglos vieron los centinelas nazaríes.
Descubre La fascinante historia del Castillo de Tájara – Loja
Tájara hoy: cómo visitarla y qué sentir
Visitar el Castillo de Tájara no es como visitar una gran fortaleza turística. No hay taquillas ni audioguías, ni hordas de visitantes. Lo que hay es silencio, aire limpio y un paisaje que cuenta su historia a quien sabe escucharla.
La Casería de Las Torres se encuentra a pocos minutos del centro de Huétor-Tájar, siguiendo los caminos rurales que bordean la vega. Conviene ir con calzado cómodo y ganas de explorar. Desde allí, se pueden recorrer también las rutas del Poniente Granadino, un territorio que combina patrimonio, naturaleza y gastronomía.
A escasos kilómetros están Loja, con su imponente alcazaba, Montefrío, uno de los pueblos más bonitos del mundo según National Geographic, o Alhama de Granada, con sus tajos vertiginosos y su balneario árabe. En conjunto, forman una ruta de frontera apasionante, donde cada torre y cada acequia tienen algo que contar.
Huétor-Tájar, además, es sinónimo de buena mesa. Los restaurantes locales ofrecen productos de la vega, desde el espárrago con denominación de origen hasta el pan de horno y el aceite virgen extra. Nada mejor que terminar la visita con una comida tradicional bajo el sol dorado de la tarde, contemplando desde la distancia la silueta de Tájara, ese castillo que se resiste a desaparecer.