
Camina un rato por Granada, déjate mecer por el sonido del río Genil , asómate al Paseo de los Basilios o al del Salón… y llegará un momento en que aparecerá bajo tus pies una pasarela sencilla, discreta si quieres, pero cargada de historias. Ese es el Puente de las Brujas —o Pasarela de las Brujas—, oficialmente bautizado como Puente del Sagrado Corazón, aunque el sobrenombre popular sigue siendo irresistible.
Un puntal en el paisaje de Granada
Para situarnos bien: la pasarela se emplaza en el tramo del río Genil que va del Puente Verde al Puente del Genil. Este entorno —los jardines del río, los Paseos de la Bomba y el Salón, y los puentes que lo cruzan— fue declarado Bien de Interés Cultural (BIC) en 2007. En ese BIC, el Puente Verde y el Puente del Genil se reconocen como monumentos, mientras que la pasarela de las Brujas entra dentro del ámbito del Jardín Histórico.
Dentro de la trama urbana, la pasarela tiene un papel crucial como nodo peatonal: une el Paseo de los Basilios con la zona del Quiosco de las Titas, conecta con rutas que bajan desde Realejo (por Cuesta Escoriaza, Cuesta del Pescado) o desde el Camino Bajo de Huétor (a través del callejón del Pretorio). Es un “puente estratégico” para quienes van a pie recorriendo la ciudad.
Esa conjunción de entorno natural, recorridos urbanos y vegetación hace que este puente parezca más que un simple mueble urbano: es parte de la esencia de Granada.
Nacimiento veloz… y sobrenombre mágico

El argumento para construir el puente tiene un toque simpático: en 1905 las religiosas del Sagrado Corazón adquirieron una finca en la ribera del Genil para instalar allí su colegio. En aquel entonces, el lugar se consideraba “afuera de la ciudad”. Las estudiantes —muchas de ellas— tenían que dar un rodeo considerable para llegar, así que la necesidad de un paso directo generó la idea de una pasarela.
Ya en 1908 se planteó formalmente. Pero aquí entra la trastienda más pintoresca: en el Ayuntamiento había un concejal que se oponía al proyecto (no está claro el motivo). En una sesión en la que el concejal opositor estaba ausente, se aprobó el puente y acto seguido se inició la obra con mucha rapidez por la fundición Castaños, que estaba además a pocos metros del colegio. Los vecinos se quedaron boquiabiertos: “¡qué rápido lo han hecho!”, dijeron. Y alguien añadió con sorna: “Esto parece cosa de brujas”.
De ese comentario medio en broma nació el nombre que persiste: Puente de las Brujas. En los documentos religiosos se le siguió llamando de modo oficial Puente del Sagrado Corazón, pero ese apodo popular arraigó con fuerza, más aún por lo insólito de la construcción tan veloz y discreta.
El puente que no pudo contra el río

Durante décadas la pasarela original cumplió su cometido, con calma. Pero en 1962-63, Granada fue azotada por lluvias torrenciales y fuertes vientos. El río Genil se desbordó, creció con violencia, arrastró troncos y restos vegetales —y uno de los daños más visibles fue la destrucción casi completa del Puente de las Brujas. La corriente se lo llevó. La riada incluso desbordó el río en el Humilladero.
Entre 1962 y 1966 ese tramo del río quedó sin puente. Y en 1966 se reconstruyó la pasarela que hoy conocemos, con materiales modernos de la época: fue ejecutada por talleres Tamese de Armilla, con una viga continua en celosía metálica (que suele pintarse de verde). En uno de sus pilares quedó grabada la inscripción:
“Puente del Sagrado Corazón 1966”

Pequeña, sencilla, pero con carácter. Esa es la versión que caminamos hoy.
¿Un puente polémico? Iluminación, estética y memoria
Un puente con historia también está sujeto a debates contemporáneos: en la reforma reciente de los Paseos del Salón y la Bomba hubo una intervención que tocó al puente, y generó controversia. La agrupación ecologista Los Verdes denunció que se había alterado el carácter patrimonial con exceso de iluminación, recubrimientos interiores, lamas de madera y aleros de acero inoxidable, entre otros elementos que —a su juicio— no respetaban la estética original y contaminaban lumínicamente.
Se quejaron de que las luminarias blancas potentes en cristales al ácido impiden disfrutar de la visión nocturna del río, jardines y Sierra Nevada. También estimaron que el coste eléctrico anual superaba los 10 000 €, y que la emisión de CO₂ asociada rondaba media tonelada. Los Verdes pidieron que Cultura investigara si la reforma estaba permitida según las normas del BIC y que se restituyera la imagen tradicional del puente.
Este tipo de tensiones entre preservar lo histórico y modernizar lo utilitario son comunes en patrimonio urbano: algunos ven el puente sólo como estructura funcional, otros como memoria viva que hay que mimar y respetar.
El puente hoy: caminando entre pasado y presente
Hoy la pasarela es más sencilla de lo que podría sugerir su nombre místico. No hay exageraciones ornamentales ni disimiles exagerados: es una estructura práctica, discreta, que sigue conectando dos orillas del Genil y que forma parte del recorrido cotidiano de quienes pasean por los jardines o van al colegio.

Pero el aura perdura. Al cruzarlo uno puede imaginarse a quienes lo utilizaron en otras décadas, recordando el gesto sorprendido de aquellos vecinos que veían cómo “de la nada” aparecía un puente. O el estrépito del río que se lo llevó. O la reconstrucción humilde de los años sesenta.
Ese encanto casi doméstico, hecho de historias pequeñas, es lo que convierte al Puente de las Brujas en protagonista de la memoria colectiva local.
Descubre la historia del Puente o pasarela de las brujas
Una invitación para visitantes y granadinos
Si alguna vez paseas por Granada, date un capricho: acércate al puente al caer la tarde, cuando la luz del atardecer tiñe las aguas del Genil. Observa cómo se funde la estructura con el verde ribereño, cómo el murmullo del río se mezcla con el eco lejano de la ciudad. Piérdete por los jardines del Salón o de la Bomba, cruza por allí y ve adonde te lleve el paso siguiente.
Quizás imagines a las alumnas de hace más de cien años, cruzando el puente camino del colegio. O los troncos arrastrados por la riada que un día lo demolieron. O los debates de concejales y reformistas que más de una vez decidieron sobre su destino. Pensar que algo tan sencillo tiene tanta historia es, al fin, una forma de rendir homenaje a lo cotidiano.
Y si alguien te pregunta por qué se llama “Puente de las Brujas”, puedes contar la historia —con sonrisa incluida— de aquel concejal ausente, de la construcción rápida y del comentario burlón que le dio al puente un nombre con magia.
Porque en Granada, incluso lo cotidiano puede parecer encantado.