
La leyenda cuenta que hace tiempo, mucho tiempo, los días y las noches eran muy cortas, pues el sol giraba alrededor de la tierra con la velocidad de un guepardo juerguista.
La vida de los hombres era un caos. Se levantaban, daban a sus hijos el beso de la mañana, tomaban su pan y el tazón de leche y uncían los bueyes al carro. Al llegar a las tierras de labrantía el sol empezaba a desaparecer por otro lado de la Tierra. Los bueyes bostezaban, los zorros salían de caza. El frío mostraba su rostro más cruel. La tiritera obligaba a los hombres a regresar a sus hogares, cenar aprisa, dar a sus hijos el beso de la noche y acostarse.
La naturaleza también andaba enloquecida. Las estaciones se apretaban el culo unas a otras. La primavera incordiaba al invierno para que se fuera con sus heladas y tormentas, dejara sitio a las gitanillas y a las rosas. Los frutales florecían y una temprana ráfaga veraniega los secaba antes de que las cerezas maduraran comestibles. Los árboles perdían sus hojas aún sin dorar, las primeras nevadas amortiguaban su caída. La vides se helaban antes de que las mozas recogieran, pisaran las uvas con sus pies descalzos o los hombres cortaran los sarmientos para freír la matanza. Las pobres abejas eran quienes más protestaban. Libaban las flores, revoloteaban con sus patitas llenas de polen y al llegar a las siguientes flores las encontraban secas, sin color en los pétalos que las sedujeran.
Todo ello era motivo de descontento, abundantes súplicas al sol para que redujera su velocidad y muchas blasfemias. Por fortuna no había guerras, ningún dictador, general o reyezuelo tenía tiempo para culminar su ataque o conquista. Los cañones y las catapultas salían en primavera para atacar en verano. Antes de llegar a su objetivo se hundían en las torrenteras del otoño, el hielo invernal los paralizaba.
Tampoco había comercio. La harina no llegaba a los pueblos del norte, el salmón se pudría antes de llegar a los del sur. Quienes sufrían una mala cosecha pasaban hambre.
La leyenda no aclara el motivo que impuso a Manú, habitante de la isla de Moorea, para acabar con esta situación. Unas crónicas dicen que fue por justicia social: la humanidad sufría, la locura de sus tiempos aceleraba su desaparición. En otras crónicas se escribe que fue por ganas de juerga: No soportaba que una temprana madrugada lo interrumpiera en pleno bailoteo con su novia y sus amigos. Fuese por la razón que fuese, en lo que todas las crónicas coinciden es que subió a una canoa hecha con palmas y fibra de coco y navegó en busca de la isla de San Balandrán. En los poemas más antiguos de la humanidad está escrito que detrás de la isla agoniza la Gran Ballena, madre de todos los humanos, de los dragones y de las criaturas que habitan en el fondo de la Tierra.
El viaje de Manú duró cuarenta días. En la jornada cuarenta y una arribó a la isla, ofrendó dos peces azules a San Balandrán y buscó a la Ballena Madre, quien moribunda desde hacía milenios, yacía entre el mar y la isla. Manú explicó el motivo de su visita, le suplicó una costilla, la más fuerte de su esqueleto. La Ballena Madre lo autorizó que la cogiera, también le advirtió que nunca llegaría a golpear al Sol, corría más aprisa que los golpes de los hombres. Manú asintió; por culpa de su velocidad se había echado a la mar.
Durante otros cuarenta días Manú y la Ballena Madre meditaron cómo hacer para que el Sol aminorara su carrera y poder golpearlo. Fue San Balandrán quien se acordó del capricho del Sol por los unicornios. Le gustaba contemplar sus carreras, las crines al viento, sus cuernos retorcidos del color dorado. Sobre todo le gustaban los nacidos en la Isla de Pascua. A su parecer eran los más parecidos a él.
Manú volvió a navegar por los océanos. Arribó en la isla de Pascua, contempló las carreras de los unicornios y corroboró que era los animales más bellos de la Tierra. Durante siete días meditó como atrapar a uno de ellos. Al octavo día buceó hasta la profundidades del océano, buscó y encontró una serpiente muerta de color verde. De regreso a la isla la cortó en pequeños trozos y los dispuso en línea entre el prado donde correteaban los unicornios y una sima abierta al lado de donde amarró su barca. Uno de los unicornios, joven y con un mechón dorado en las crines, confundió la serpiente con un trozo de alfalfa y comió. Le gustó y continuó con el segundo trozo desconociendo los efectos embriagadores de la serpientes de color verde. Manú lo sujetó al llegar a la sima.
Luego Manú navegó hasta una de las esquinas del mundo y ató al unicornio en un árbol seco. No tuvo que esperar mucho. El Sol dobló la esquina con su velocidad acostumbrada, vio al unicornio, se entusiasmó y se detuvo para palmotear con fuerza. Manú lo aprovechó, empuñó la costilla de la Ballena Madre y cargó contra él:
¡Zasca!: ¡Ay!
¡Zasca!: ¡Ay!.
El Sol cayó al suelo con una pierna rota. Luego confuso y dolorido se incorporó y continuó su camino renqueando.
La humanidad gritó de júbilo. Desde entonces los días y las noches tienen la duración que ahora conocemos.
Por desgracia no todos fueron parabienes. Los pobres unicornios sufrieron la ira y el fuego del Sol. Algunos desaparecieron para siempre, a otros se les chamuscaron las crines, perdieron sus cuernos, se convirtieron en ponis.
La humanidad agradecida, y en desagravio, hizo de los unicornios protagonistas y héroes de miles de historias y cuentos. También venden sus reproducciones en color azul, rosa , negro o blanco a cuantos niños o niñas sueñen atarlos con cadenas de oro y montarlos hasta el agotamiento.
Autor: Miguel Ángel Cordente Triguero.
Este relato participa en el Concurso literario de cuentos y leyendas del Mundo. Es una interpretación libre del autor.
