
Cuentos y Leyendas del Resto del Mundo.
Sonare
En los albores del tiempo, cuando el mundo aún reposaba en el abrazo silente del universo, se forjó la historia de una lágrima perdida.
Fue en ese instante primigenio, donde el murmullo de la creación apenas susurraba entre los pliegues del cosmos, que las criaturas que poblaron la tierra inicialmente se movían con parsimonia, sin perturbar la quietud reinante. Todo estaba en calma, una calma que pesaba como el olvido, tejiendo un velo de soledad sobre las criaturas que desconocían la existencia del otro.
El cielo se desplegaba azul y el verde resplandecía con la vitalidad de lo recién creado. La brisa, mensajera del tiempo, mecía las hojas en su danza eterna, llevando consigo la melancolía de cada hoja caída en otoño.
Una diminuta hormiga, deambulante como el destino mismo, recorrió sin descanso las llanuras de una isla aún sin nombre. Su travesía solitaria la llevó al extremo del mundo conocido, donde el horizonte se fundía con el abrazo del mar. Fue allí, al borde de la eternidad líquida, que la hormiga se detuvo, cautivada por un amor que solo ella conocía.
Abatida por la imposibilidad de ser vista por su amado, la hormiga concentró su anhelo en una única lágrima, que brotó de su diminuto ser, sellando su destino con la muerte.
La lágrima, más pequeña aún que su creadora, se deslizó colina abajo hasta encontrarse con las aguas del océano. Al tocar la superficie, rompió el silencio ancestral con un eco desconocido, un susurro que se propagó por los confines del mar.
Así, la lágrima inició su viaje, navegando de ola en ola, hasta encontrar la orilla de un puerto olvidado en tierras ignotas. Allí, una mujer solitaria contemplaba el horizonte, ajena al mundo que la rodeaba. El sonido del mar la llamó, seduciéndola con su misterio insondable.
Sin dudarlo, la mujer se adentró en las aguas, atrapada por la melodía del océano. Pero su danza con el mar la llevó demasiado lejos, y pronto se vio perdida en las profundidades, incapaz de nadar.
En su último aliento, la mujer anheló seguir el eco que la había guiado hasta allí, y en un acto de desesperación, abrió la boca y lanzó un grito que resonó en lo más profundo del océano.
El grito se perdió en la inmensidad del mar, pero la lágrima, alimentada por la pasión de la mujer, creció hasta alcanzar proporciones inimaginables. Con un destino ahora sellado, la lágrima encontró refugio en la frente de un bebé completamente dormido, sumido en la paz del sueño eterno.
Él bebe no despertó con el eco de la lagrima, aquella criatura dormía plácidamente. La lágrima, resignada ante la indiferencia del niño, comenzó a disminuir de tamaño, más pequeña aún que la hormiga que le había dado origen. Se deslizó suavemente por la mejilla del bebé y se fundió con la piel, desapareciendo como si nunca hubiera estado allí. Pero el llanto del bebé, despertado por la humedad en su rostro, marcó el comienzo de una nueva era. Su llanto desgarrador convocó a las criaturas de la tierra, despertando la vida dormida y anunciando el nacimiento de la humanidad.
Y así, en el eco de un llanto, la lágrima cumplió su propósito, fundiendo pasado y futuro en un eterno ciclo de lágrimas y risas, de tristezas y alegrías, que perduraría a lo largo de los siglos. El llanto del bebé, como un llamado irresistible, despertó a los demás seres de la tierra, atrayéndolos a unirse y convivir por fin en este mundo recién creado, donde el silencio había sido vencido por el clamor de la vida.
Autora: Manuela Ospina Zambrano
Este relato participa en el Concurso literario de cuentos y leyendas del Mundo. Es una interpretación libre del autor.
