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EL VAMPIRO DE LA ALPUJARRA 

    EL VAMPIRO DE LA ALPUJARRA 

    Siempre he creído que las leyendas de vampiros son simplemente eso, leyendas. Nunca habría pensado que existieran en la realidad, aunque tras mi experiencia en cierta aldea de Sierra Nevada, mi opinión cambió para siempre. He de puntualizar que estos individuos no exhiben la imagen a la que estamos acostumbrados a ver en las películas de terror, con sus largos colmillos, garras afiladas y chorreando sangre de la boca. Son enfermos con un severo trastorno mental, pero que viven entre nosotros, es posible que en nuestra misma comunidad.

    El vampirismo clínico es un raro trastorno mental caracterizado por la excitación asociada con una necesidad compulsiva de ver, sentir o ingerir sangre, existiendo el autoengaño de creerse un vampiro. Esta enfermedad fue propuesta formalmente como afección clínica particular en 1985 por Herschel Prins. En 1992 Richard Noll describió sus características con el nombre de síndrome de Renfield, denominación acuñada por Noll basada en R. M. Renfield, personaje de la novela “Drácula” de Bram Stoker, recluso en un manicomio y comedor compulsivo de aves, moscas y arañas para obtener su fuerza vital.

    Me sorprendió enterarme de que a lo largo de los siglos se han dado abundantes casos de vampirismo, incluso se podría hablar de auténticos brotes. Los casos llegan hasta nuestros días.
    Por nombrar algunos, Elizabeth Bathory, la llamada “Condesa Sangrienta”, una aristócrata húngara que para no perder su juventud y belleza asesinó a 650 jóvenes campesinas a quienes torturaba y desangraba para beber y bañarse con su sangre. Gilles de Rais, otro aristócrata, en este caso francés, que luchó en los años finales de la “Guerra de los cien años” junto a Juana de Arco, que torturó y dio muerte a unos 300 niños durante ocho años hasta que en 1440 fue capturado, procesado y ejecutado. El húngaro Bela Kiss fue descubierto en 1916, mientras se hallaba en el frente, pues había sido reclutado para luchar durante la primera guerra mundial. Las autoridades, intentando confiscar la gasolina que él guardaba en su propiedad, descubrieron 24 cadáveres conservados en alcohol en varios arcones, que correspondían a su mujer y su amante, de quienes todos creían que habían huido juntos, así como a 22 mujeres estranguladas a quienes Kiss engañó con promesas de matrimonio. Los cadáveres habían sido desangrados. Es abundante la documentación sobre estos casos, sobre todo a partir del siglo pasado, dada la influencia de los medios de comunicación. Especial atención dedicaron estos a los casos de Peter Kürten, el vampiro de Dusseldorf o Richard Chase, el vampiro de Sacramento, ambos durante el siglo XX. Más cercanos en el tiempo son los de la californiana Deborah Jean Finch, los alemanes Manuela Ruda y su marido Daniel o el escocés Allan Menzies, ya en el XXI.

    Me enteré de la existencia de una pequeña aldea en el interior del macizo del Pico del Lobo, en Sierra Morena a través de mi amigo Danilo, a quien conocía desde que ambos íbamos al mismo colegio. El pequeño vecindario granadino de Peña Negra apenas contaba con quinientos habitantes, pero había sabido explotar muy bien su leyenda. Según esta, es allí donde nació, vivió, murió en 1656… y volvió a morir Marcos Grande, la primera persona real descrita y documentada como vampiro y es en esa aldea donde su recuerdo sigue más vivo que nunca, gracias a los turistas que acuden para conocer de primera mano los hechos. Y es que allí se puede encontrar, entre otras cosas, un museo en el que ver numerosos objetos de las creencias populares como estacas, ataúdes o un antiquísimo recetario para defenderse de los vampiros.

    Danilo estaba muy interesado en visitar aquel lugar y me ofreció acompañarle una tarde de sábado que los dos teníamos libre. Cuando no vestía de traje en su trabajo, ya me había dado la sensación de parecer un tanto gótico , pero la visita que me proponía me pareció curiosa y diferente y acepté de buen grado. La carretera llena de curvas nos llevó junto a los encantadores pueblecitos alpujarreños de Capileira, Pampaneira y Bubión, de casas blancas y tejados de pizarra y calles de intrincado trazado. Poco más de una hora después tomamos una desviación y llegamos a la remota aldea de Peña Negra, donde nada más entrar nos llamó la atención la cantidad de ristras de ajos colocadas encima de puertas y ventanas, así como todo tipo de crucifijos por todas partes. Al ser una población pequeña, la recorrimos en el coche en poco tiempo, pasando por delante de un par de restaurantes, varias tiendas de recuerdos y nos detuvimos frente al museo, al final de la calle principal. Nos vendió las entradas un siniestro anciano que realmente hacía honor al ambiente oscuro y claustrofóbico del local.

    – Salgan ustedes antes del anochecer – susurró con voz cascada -. No quiero volver a casa después de las últimas luces.

    En aquel momento éramos los únicos visitantes y pudimos deambular a nuestro aire por entre las piezas expuestas. Estacas de madera de tejo, arce, fresno o roble se sucedían junto a balas de plata, cruces, biblias y botellas de agua bendita. Los paneles explicativos mostraban la utilidad de cada artefacto. Aseguraban que el ajo es una manera antigua para alejar a los vampiros, las campanas son insoportables para su audición hipersensible y los granos de arroz o semillas pueden distraerlos dándonos tiempo para escapar, ya que se cree que están obsesionados con contar el número de dichos granos. En una urna de cristal se exhibía abierto un antiquísimo recetario contra vampiros. Varios preparados para confeccionar amuletos contenían verbena, que era parte de varios hechizos protectores y el jugo de la planta se usaba para alejar el deseo sexual de los vampiros. Otra de las recetas era un preparado de miel que, según se aseguraba, “las doncellas asaltadas sexualmente de noche por algún vampiro, deben frotar sobre los lugares vergonzosos para liberarse de él”. Finalmente se mostraban varios ataúdes con los nombres de los supuestos vampiros que los habían ocupado.

    Todo aquello a mí me dejaba indiferente, incluso me provocaba una sonrisa constatar cómo aquellas gentes habían aprovechado el tirón de su vampiro particular para hacer de la aldea un próspero negocio. Sin embargo, Danilo observaba cada objeto con los ojos como platos, visiblemente emocionado. Yo no sabía si era porque se creía de verdad aquellas historias o simplemente porque le encantaba el tema. Al salir del recinto pregunté al encorvado anciano:

    – ¿Podría decirnos cuál es la historia de Marcos Grande?
    – Yo no hablo de eso – respondió -. Trae mala suerte . Pero las gemelas Martín, de la tienda de enfrente no tendrán inconveniente en relatársela.

    Era mediada la tarde cuando atravesamos la calle hacia una tienda de recuerdos que lucía en el exterior y los escaparates toda una parafernalia de artilugios relacionados con los vampiros. Pero aquello no era nada comparado con el interior. El local mostraba una cantidad bastante mayor de objetos incluso que el museo. Camisetas, peluches, juguetes, lapiceros, gomas de borrar, mecheros y un sin fin de merchandising se sucedía en las estanterías. Había ataúdes y lápidas en miniatura y estacas con el nombre de Marcos Grande o con la inscripción “Recuerdo de Peña Negra”. Esperaba encontrarme allí a dos ancianas con el mismo aspecto lúgubre del portero del museo, pero me sorprendí al ver detrás del mostrador a una risueña joven de unos veintiséis o veintiocho años que nos saludó amablemente.

    – Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudaros? ¿Buscáis algo en particular?

    En aquel momento vi la expresión de mi amigo que miraba embobado a la chica sin decir palabra. Desde luego, Danilo sería un jugador de póker nefasto, pues no sabría disimular sus emociones y su cara le delataría. Estaba claro que la belleza de la joven le había encandilado y ella sin duda se dio cuenta también, pues le miró ladeando la cabeza y ampliando su sonrisa. Antes de que cometiera una torpeza, pregunté a la dependienta:

    – Nos han dicho que preguntemos por las hermanas Martín. ¿Son quizá tus tías o tu madre una de ellas?

    La joven emitió una burbujeante carcajada que probablemente sonaría como cascabeles en los oídos de Danilo, que no podía apartar la mirada de su rostro. Alzando un poco la voz, llamó:

    – ¡Reyes! Ven un momento, por favor. Volviendo a un tono normal, se presentó:

    – Mi nombre es Candela Martín, pero todos me llaman Candy – y cuando se separaron las tiras colgantes de la trastienda continuó -. Y os presento a mi hermana gemela Reyes.

    A los dos nos pilló por sorpresa que las hermanas fueran tan jóvenes, pero aún más sorprendente resultó un rasgo de su morfología. Las dos eran idénticas, tanto en las facciones de sus caras como en las formas de sus cuerpos, por cierto, muy bien proporcionados. Pero había un elemento que las diferenciaba sin posibilidad de equivocación. Mientras Candy lucía una abundante cabellera de un color tan negro que parecía azulado, en Reyes el pelo era de un rubio intenso, casi blanco. Aquel era un misterio de la genética que habría sido merecedor de estudio por parte de los científicos. Reyes nos saludó tan alegremente como su hermana:

    – ¡Hola! ¿Cómo estáis?

    El estupor era ahora patente también en mi rostro. Tras unos momentos conseguí comenzar a hablar.

    – Perdonad por la sorpresa, pero es que no esperábamos…

    – Tranquilos – contestó Candy -. Le pasa a casi todo el que nos conoce. Al fin Danilo fue capaz de abrir la boca para decir con cara de tonto:

    – Sois las dos… muy… guapas.
    Las chicas rieron a gusto y le dieron las gracias.

    En este ambiente distendido y tras un poco de conversación, saqué el tema por el que sentía curiosidad: la leyenda del vampiro Marcos Grande.

    – Marcos nació a principios del siglo XVII aquí, en Peña Negra – comenzó relatando Reyes-. Su vida fue la normal para un campesino de la época, vida humilde y trabajando de sol a sol para poder sobrevivir. Pero realmente su historia comienza tras su fallecimiento. Marcos Grande muere en 1656 por causas desconocidas. Y lo “divertido” del caso llega al poco tiempo de recibir cristiana sepultura. Al buen señor, contra todo pronóstico, después de muerto le dio una noche por volver del otro mundo y hacerle una visita sorpresa a su señora esposa. Según su viuda, el difunto la visitaba sonriente y jadeante por las noches. La sumía en un profundo sueño, para posteriormente abusar sexualmente de la pobre mujer y además succionarle la sangre en el cuello.

    Candy tomó el relevo de la historia:

    – A la desdichada señora, como era de esperar, nadie la creyó. Algo que agravó la ya de por sí horrorosa situación que estaba padeciendo. Todo cambió cuando el párroco del pueblo, un tal Honorio, tomó cartas en el asunto tras las súplicas de la viuda. Este, que había oficiado el funeral de Grande dieciséis años atrás, se presentó en plena noche en casa de la viuda acompañado por unos conocidos. Su intención, más que nada para que le dejara tranquilo, era la de hacer ver a la mujer que las apariciones del difunto eran tan solo fruto de su imaginación y que los recuerdos de su esposo la estaban mortificando en demasía. La sorpresa llegó cuando al entrar en la vivienda se encontraron al señor Grande sentado cómodamente en su salón. Como os podréis imaginar, la comitiva salió corriendo despavorida como alma que lleva el diablo y se cuenta que dándose algo más que empujones por salir de la estancia. La verdad que no es de extrañar.
    – Los rumores se dispararon por Peña Negra. No se hablaba de otra cosa. Los aldeanos contaban que una misteriosa y oscura figura paseaba por sus calles en la noche oculta entre las sombras. Para colmo de males, por causas desconocidas, en 1672 se produjo un brote de vampirismo que se propagó por toda la sierra. Esto provocó que el pánico tuviera el terreno abonado para poder campar a sus anchas. Como no podía ser de otra manera, el origen del brote se le achacó a Marcos Grande. Según una tradición local muy antigua, los “strigon” o hechiceros, bebían sangre humana, sobre todo de niños. Estos hechiceros al morir se convertían en vampiros que por las noches salían de sus tumbas. Deambulaban por las calles llamando a las puertas de algunas casas. Y cuando se realizaba esta llamada, era ya algo irremediable que en un breve lapso de tiempo, algún miembro de la familia muriera a manos del strigon. En otras ocasiones, volvían a sus antiguas casas, se introducían en el lecho de sus viudas y yacían con ellas sin mediar una sola palabra. La solución al problema, según estas tradiciones populares, era abrir la tumba donde moraba el vampiro durante el día y acabar con él clavándole estacas de madera en el tórax. Y ese fue ni más ni menos, el plan que comenzaron a barruntar el párroco Honorio junto al magistrado de la localidad. Todos coincidían, Grande era un strigon y había que acabar con él como fuera.

    – Es increíble lo que la gente pensaba antiguamente – medié en el relato. Pero enseguida vi cómo las miradas de las gemelas se ensombrecían, lo que me hizo pensar que quizás algo de aquellas creencias aún perduraba en sus mentes.

    Candy siguió con la historia sin más comentarios.

    – Los aldeanos se dirigieron al cementerio, armados con antorchas y un crucifijo. Al abrir la tumba y para su sorpresa, lejos de estar descompuesto, el cadáver estaba en perfecto estado, ¡incluso con buen color de cara! El grupo de nuevo fue presa del pánico y volvieron a Peña Negra a toda velocidad y sin mirar ni una sola vez atrás. Dice la leyenda que Grande mató a un miembro de la familia de cada uno de aquellos que habían osado perturbar su descanso.
    – Con el tiempo procedieron a un segundo intento. Pero esta vez fueron acompañados por el cura Honorio. El sacerdote y los nueve valientes vecinos que le acompañaban encontraron a Grande justo en el mismo lugar donde le habían dejado. Tomando un crucifijo, el párroco se arrodillo y se dirigió al vampiro con las siguientes palabras: “Mira esto, ¡oh vampiro!, ¡he aquí Jesucristo, el que nos liberó de las penas del infierno y murió por nosotros en el madero!” Según el sacerdote, en ese mismo momento vio caer lágrimas de los ojos del vampiro. Uno de los aldeanos aprovechó el momento de debilidad para intentar clavarle una estaca de madera en el pecho, pero cada vez que lo hacía, el cuerpo la expulsaba fuera. Grande emitía unos alaridos espeluznantes que provocaban el terror incluso en estos valerosos hombres. El vampiro daba saltos sobrehumanos dentro de la cripta como si de un animal enloquecido se tratara. Cuenta la leyenda que tuvo que ser un campesino, Manuel Soto, el que armándose de valor, y después de una encarnizada lucha, acabara con el vampiro. Al decapitarle, fue tanta la sangre que manó del cuello descabezado, que los cubrió a todos y casi llenó por completo la tumba. Y entonces fue cuando Marcos Grande cayó al suelo y por fin murió de verdad. Así acababa el terror que asolaba a Peña Negra y Marcos conseguía así su merecido descanso eterno.

    – ¡Dios mío! – exclamó Danilo nervioso – Y ¿todo eso es cierto?
    – Puedes creer lo que quieras – contestó Candy -. Nosotras sabemos que los vampiros existen. Pero también sabemos protegernos.

    La tarde iba languideciendo y se acercaba la hora de cierre de las tiendas. Yo no quería manifestar abiertamente mi total incredulidad hacia aquellos fenómenos, más que nada, por no contrariar a las chicas. Dando una palmada en la espalda a Danilo, propuse:

    – Cuando cerréis la tienda, ¿qué os parece si mi amigo y yo os invitamos a cenar en un restaurante que hemos visto aquí cerca?

    Las gemelas se miraron dubitativamente y al final Reyes respondió:

    – Normalmente no salimos nunca de noche. Aquí nadie lo hace si no va bien acompañado.

    – Pero yo creo que hoy tenéis suficiente compañía, ¿no?

    Tras otros momentos de duda, fue Candy la que contestó:

    – Es verdad. Tenemos a dos hombres fuertes que nos defenderán.

    Reyes, todavía recelosa, comentó:

    – Vale, de acuerdo, pero hay que andar con mucho cuidado. Últimamente se han producido unos hechos muy alarmantes.
    – No os preocupéis – dije zanjando el tema -. Os acompañaremos a casa para que lleguéis sanas y salvas.

    – Mientras terminamos de recoger aquí, podéis hacer una visita guiada al cementerio que se organiza al atardecer, antes de que oscurezca.

    Nos pareció una actividad curiosa y quedamos para cenar después en el restaurante. El guía de la visita resultó ser otro anciano con un aspecto tan siniestro, o más, que el del portero del museo. Nos condujo junto a media docena de turistas entre tumbas y lápidas explicando:

    – Nadie ha podido encontrar la tumba del vampiro. Hay quien cuenta que los mismos aldeanos la destruyeron y cubrieron para que Grande no volviera a la vida, pero también dicen que probablemente, el propio alcalde y sus antecesores, al igual que los párrocos, sí conocerían el lugar donde está enterrado el vampiro, pero no lo dicen por no despertarlo.

    Desde una zona vallada, acotando casi una cuarta parte del camposanto, nos señaló una tumba imponente.

    – Aquella es una tumba anónima a la que nadie se acerca y de la cual no hay ningún registro, ni en el ayuntamiento ni en la iglesia. Aunque se la ha fotografiado y filmado, no se ha podido conseguir que saliese bien ninguna fotografía ni imagen de la misma. Se sospecha que podría ser esa la del vampiro.

    Tras unos minutos en los que los visitantes intentaban fotografiar la tumba desde aquella distancia, el guía dio por terminada la visita.

    – Y ahora, señores, vamos saliendo poco a poco antes de que oscurezca. No quiero encontrarme aquí tras la puesta del sol.

    Nos encontramos con las chicas en el restaurante de nombre “Marcos Grande”, cómo no. Allí nos sirvieron una rica comida casera: “pollo diabólico” y embutidos de sangre de víctima de vampiro, que no dejaban de ser morcillas. Como postre, “venganza de vampiro”, un curioso helado de ajo, el mejor repelente para estos seres. Ya estábamos tomando los cafés cuando recordé algo que había dicho Reyes en la tienda.

    – ¿Cuáles son los hechos alarmantes de los que hablabas antes?

    – Mejor que explicártelos, va a ser que os enseñe algo.
    Se dirigió a la barra del bar y le pidió algo al camarero. Cuando regresó, traía en las manos varios recortes de periódico. En el primero leí:

    Allan Kent, el vampiro de Boston,
    fugado del centro de internamiento de alta seguridad.
    El joven estaba obsesionado con la película “La Reina de los condenados”,
    basada en la novela de Anne Rice, en la cual la protagonista es una vampiresa llamada Akasha. Kent declaró que Akasha había venido hacia él con la promesa de la inmortalidad,
    de convertirlo en vampiro si era capaz de efectuar un asesinato.
    Y el asesinato fue cometido un día en que, comentando la película,
    un amigo suyo se burló de Akasha, lo cual enojó mucho a Allan.
    Este se abalanzó sobre él, lo apuñaló cuarenta y dos veces y le destrozó la cabeza. Después bebió su sangre y comió parte de su cerebro.
    Durante el juicio no mostró arrepentimiento en ningún momento
    e insistía en que al hacer esto, gracias a Akasha, se convirtió en vampiro. Posteriormente declaró ser autor de otros catorce asesinatos de parecidas características. El juez dictó la sentencia en 2009, condenándolo a cumplir al menos dieciocho años

    en un centro de internamiento para enfermos mentales peligrosos,
    sin posibilidad de salir en libertad condicional, diciendo que era
    “un demonio, violento y altamente peligroso, no apto para estar en libertad”. A pesar de las estrictas medidas de seguridad del centro,
    Allan Kent ha conseguido fugarse y no se tienen noticias de su paradero.

    – Y esto ¿qué tiene que ver con este pueblo? – pregunté.
    – Toma. Lee este otro – dijo entregándome otro recorte fechado días después del anterior.

    El vampiro de Boston en España.

    Allan Kent, el vampiro de Boston podría encontrarse en España.
    Las cámaras de seguridad del aeropuerto Adolfo Suárez de Madrid, detectaron al peligroso asesino a la entrada de la terminal de vuelos internacionales. A pesar del rápido despliegue de las fuerzas de seguridad,
    se le perdió la pista comprobándose después que había tomado un vuelo de enlace hacia el aeropuerto Federico García Lorca de Granada.
    Kent se había fugado de un centro de internamiento en Estados Unidos unos días antes. Se cree que no fue detectado al salir del país por haber utilizado documentación falsa. El vampiro de Boston estaba pendiente de cumplir condena por quince asesinatos
    en los que apuñalaba a sus víctimas y bebía su sangre.
    Durante su reclusión había declarado ser admirador de asesinos
    como Peter Kürten, Richard Chase o Marcos Grande.

    – ¡Ah! Ya lo entiendo – esta vez fue Danilo quien habló -. Como el de Granada es el aeropuerto más cercano a Peña Negra, tenéis miedo de que aparezca por aquí siguiendo la leyenda de Marcos Grande. ¿No es así?
    – Sí, pero es que aún hay algo más.

    Reyes me entregó un nuevo recorte para que lo leyera. Este tenía fecha de tres días atrás.

    Brutal asesinato en Soportújar

    Ha sido hallado el cadáver de una adolescente en un bosque
    cercano a la localidad de Soportújar, en Sierra Nevada.
    El cuerpo mostraba innumerables puñaladas, así como salvajes mordeduras por todo el cuello y torso que lo deformaban horriblemente.
    Las gentes de la zona temen que se trate del retorno de la leyenda de los vampiros, cuyo más cercano exponente fue Marcos Grande.

    El artículo se extendía con macabros detalles y algunas absurdas teorías. Recordé haber pasado cerca de aquel pueblo cuando nos dirigíamos a Peña Negra. Estaba situado a pocos kilómetros de allí. Las caras de mis tres acompañantes no podían ser más preocupadas. La gente más crédula tenía miedo a que Grande hubiera regresado de nuevo para aterrorizar a toda la región y los más prácticos, temían a que el autor del crimen fuera Allan Kent, el vampiro de Boston, que habría venido desde Granada por vía terrestre. Al fin hube de reconocer:

    – Esto sí que es más grave. Debéis tener mucho cuidado hasta que atrapen al culpable. – Si es que lo atrapan… – dudó Candy -.
    – Esperemos que lo hagan antes de que mate a alguien más.

    En aquel momento, mostrando una valentía que seguramente no poseía, Danilo exclamó:
    – ¡No os preocupéis, chicas! ¡Aquí estamos nosotros, vuestros héroes, para defenderos!

    Y blandiendo una imaginaria espada por encima de nuestras cabezas, su acción tuvo la virtud de distender la conversación y todos reímos con su payasada. Candy se arrimaba a Danilo y de vez en cuando le cogía la mano o le daba una cariñosa palmada en el brazo. Se podía notar que había cierta química en aquella pareja.

    Después de un buen rato de charla medio en serio, medio en broma, la morena Candy propuso: – Se me está ocurriendo una idea. ¿Por qué no hacemos una sesión de espiritismo para preguntar a Marcos si ha sido él el autor del crimen de hace dos días?
    – ¡Estás loca! – exclamó Danilo – Eso puede ser muy peligroso.

    Como yo nunca he creído en espíritus ni fantasmas, esbocé una disimulada sonrisa que no pasó desapercibida a Reyes.

    – No te tomes esto como un juego – dijo mirándome muy seria -. Nosotras hemos hablado varias veces con espíritus. No es ninguna broma.
    – Perdona – repliqué -, no he querido reírme de vosotras. Respeto vuestra opinión, aunque no la comparto – y tomando su mano me la llevé a los labios para besarla suavemente.

    – No importa. Estás perdonado – sonrió a su vez dejando que besara su mano -. Entonces,

    ¿qué?, ¿lo hacemos?
    Poniendo cara de pícaro y voz insinuante, repliqué:

    – ¿Lo hacemos…? ¿el qué?

    – Serás bobo… – contestó ella riendo -. Me refiero a la sesión de espiritismo. Todos reímos de nuevo y nos dispusimos a abandonar el restaurante.

    Cuando salimos del local, Candy y Danilo caminaban por delante y se habían emparejado con toda naturalidad. Él la tomaba por los hombros mientras ella le rodeaba la cintura. Reyes parecía más retraída que su hermana, pero la tomé de la mano a la puerta del establecimiento. A medida que caminábamos detrás de la otra pareja en dirección a su tienda, pasábamos por zonas en la que la iluminación era más escasa. En una de aquellas zonas, noté que la rubia se acercaba más a mí, con miedo. Aproveché la ocasión para ceñir su cintura haciendo que se pegase más a mi cuerpo. Ella no rechazó el acercamiento y estrechó a su vez mi cintura. Mi intención no era relacionarme con personajes imaginarios, sino con alguien de carne y hueso, cuyo cuerpo se arrimaba al mío en aquellos momentos. Por ese motivo me propuse hacer ver que realmente tenía interés en la sesión que nos habían propuesto llevar a cabo.

    Candy abrió con una llave la puerta de la tienda y los cuatro entramos al interior. Las gemelas nos hicieron pasar a la trastienda y nos invitaron a sentarnos alrededor de una mesa redonda cubierta por un mantel negro que llegaba hasta el suelo. Colocaron cuatro velas, una entre cada dos de nosotros, Reyes las fue encendiendo parsimoniosamente y apagaron el resto de las luces. Danilo estaba colocado frente a mí y las chicas a un lado y otro. La tenebrosa iluminación confería un aspecto tétrico a todos los objetos que nos rodeaban. Las caretas de brujas y vampiros parecían moverse a la oscilante luz de las velas. Los ataúdes parecían a punto de abrirse. Un crispado gato negro de peluche nos observaba con sus brillantes ojos verdes desde lo alto de una estantería.

    El único objeto que había encima de la mesa, en el centro, aparte de las cuatro velas, era un vaso de agua lleno casi hasta arriba. Reyes nos explicó la razón de su presencia allí.

    – Vamos a invocar al espíritu de Marcos Grande y él, cuando llegue, nos indicará su

    presencia haciendo vibrar la superficie del agua. Cerrad los ojos, por favor.
    Unimos todos nuestras manos y nos mantuvimos en actitud de concentración. Ahora fue Candy la que habló con voz grave:

    – Espíritu de Marcos Grande: escucha nuestra llamada desde el más allá. Queremos hacerte una pregunta y necesitamos que acudas a responderla… Marcos Grande, vampiro de Peña Negra, atiende nuestra llamada y manifiéstate ante nosotros…

    En el mismo momento que la joven terminó de pronunciar esas palabras, escuchamos el estrépito ensordecedor producido por un rayo que debía de haber caído muy cerca. Los cuatro dimos un respingo apretándonos las manos unos a otros. Seguidamente se empezó a escuchar el rumor de la fuerte lluvia que caía en el exterior. Se acababa de desatar una repentina tormenta de verano y el agua se oía caer cada vez con más fuerza. Traté de contener una sonrisa al ver las caras demudadas de mis tres compañeros, que sin duda habían creído ver una señal de la presencia del amigo Marcos en el sonido del trueno.

    Transcurridos unos momentos, Candy volvió a cerrar los ojos y a pedir concentración para hacer la pregunta a Grande.

    – Marcos Grande, vampiro de Peña Negra: ¿Está en esta región el vampiro de Boston y ha

    sido él el responsable del asesinato de hace tres días en Soportújar?
    Durante unos segundos permanecimos en silencio escuchando el rumor de la lluvia en la calle y de los chorros de agua que ya se precipitaban al suelo desde los tejados. Transcurridos unos instantes se oyó un chapoteo mucho más cercano. Todos abrimos los ojos y fijamos la vista en la superficie del agua del vaso que se movía en círculos concéntricos. Dicha agua se había teñido levemente de un color rojizo anaranjado, lo que me hizo sospechar que alguna de las chicas habría echado algún colorante para impresionarnos, pero lo descarté al momento, pues todos teníamos las manos unidas y no se había movido nadie.

    – ¿Qué es eso…? – preguntó Reyes con voz temblorosa – ¿…sangre?
    Candy y Danilo abrieron los ojos como platos clavándolos en el agua. Estábamos mirando asombrados el vaso cuando vimos que una nueva gota salpicaba la superficie y volvía el agua un poco más rojiza. Cuando cayó una tercera gota, todos alzamos la cabeza para buscar su procedencia. De entre dos tablas del techo colgaba una nueva gota que se desprendió y siguió a las anteriores. El agua se iba coloreando más con cada gota que caía.

    – ¿Qué hay ahí arriba? – pregunté.
    – Es el desván. Sólo hay trastos viejos.

    Me levanté dispuesto a averiguar la procedencia del misterioso líquido y apreté el interruptor para encender las luces, pero no ocurrió nada. La descarga de un rayo habría dejado momentáneamente al pueblo sin suministro eléctrico. Cogí una de las velas y me dirigí a la puerta de las escaleras que subían al desván. Reyes tomó una gran cruz y me siguió diciendo:

    – Ten mucho cuidado. Puede ser muy peligroso.
    Fui subiendo despacio mientras los escalones de madera crujían bajo mi peso. Estaba convencido de que los vampiros eran fábulas de las gentes más crédulas, pero la posibilidad de que un asesino como Allan Kent anduviera suelto, era una amenaza mucho más real. Levanté la trampilla, asomé la cara a la altura del último escalón y levanté la vela para iluminar el reducido espacio. Allí no había nadie a la vista. Terminé de subir con Reyes pegada a mi espalda y caminé hacia el centro de la estancia. Allí encontré la explicación al fenómeno de la “sangre” goteante. A la altura de mi cabeza había una claraboya en el tejado que el transcurrir del tiempo había desencajado. El marco metálico de la ventana con el paso de los años se había oxidado y al caer la primera lluvia, había arrastrado aquel óxido hasta el suelo del desván, desde donde se había filtrado al piso de abajo entre las tablas. De ahí su color rojizo. Viendo a la chica llevarse una mano al pecho y respirar aliviada, cerré bien la claraboya para que dejase de entrar la lluvia.

    Reyes bajó a explicar a los otros dos qué había sucedido y a buscar una fregona para secar el suelo del desván para que dejase de gotear. Yo esperé arriba para ayudarla a limpiar aquello y traté de poner en su sitio como pude la ventana para que dejase de filtrar agua. Terminada la tarea, los dos bajamos las escaleras y dejamos los trapos y la fregona en su lugar. Nos extrañó no ver a los otros dos sentados a la mesa. Escuchamos un rumor a un lado, tras una gran cortina que atravesaba de parte a parte la habitación. Reyes me miró con una extraña sonrisa y se dirigió a uno de los extremos de la cortina. Agarrándola, la descorrió suavemente hasta el lado contrario, dejando al descubierto un gran sofá en la que Danilo y Candy se hallaban en actitud cariñosa.

    Lo inesperado de la situación me hizo permanecer unos instantes pasmado observando la escena. Por lo visto, la tensión del espiritismo, el susto de las gotas de sangre y el posterior alivio al conocer la razón del goteo, habían desatado los instintos amorosos de aquellos dos. Reyes se volvió hacia mí y me susurró al oído:

    – Ven. Dejémosles solos.
    Me tomó de la mano y me llevó hasta otro sofá situado en uno de los lados de la habitación, dejando a los dos amantes en la otra. Se volvió hacia una estantería cercana dándome la espalda y vi que se echaba por encima una capa negra con el forro interior rojo y cuello alto, del tipo de las que se ven en las películas de vampiros. Al volverse hacia mí, mostraba unos dientes postizos con grandes colmillos.

    – Te voy a chupar toda la sangre – dijo con voz teatral –. Prepárate a ser exprimido.

    Después de más de una hora estuvimos a punto de caer en un profundo sueño. Pero esto último no llegó a ocurrir, pues pocos minutos después se escuchó un crujido de maderas tras la puerta de la estancia, en la tienda contigua. Sentí que Reyes movía la cabeza, señal de que lo había oído al igual que yo. En aquel momento sonaron cuatro campanadas en el campanario de una iglesia cercana. Segundos después se volvió a escuchar otro crujido, como si alguien estuviese andando muy despacio por la tienda.

    – ¿Has oído eso? – preguntó en susurros la joven. – Sí – respondí -, no hagas ruido.

    Me levanté apresuradamente en silencio y me dirigí hacia la otra habitación para alertar a Danilo. Este también había oído los ruidos y se estaba levantando también. Las chicas nos siguieron en dirección a la puerta que conducía a la tienda. Reyes preguntó en un susurro:

    – ¿Alguien cerró la puerta de la calle cuando entramos?
    Nos miramos todos y ella recibió nuestro silencio por respuesta. Tomé una vela casi consumida y Danilo cogió una estaca de las que se suponía que eran para matar vampiros, más o menos puntiaguda y la esgrimió como si fuese un puñal.

    Estaba a punto de abrir la puerta cuando se escuchó un sonido algo más fuerte, como si algún artículo de una estantería hubiese caído al suelo. Giré el pomo de la puerta y la abrí de par en par. El local se hallaba a oscuras y el interruptor de la luz se encontraba junto a la puerta de entrada, por lo que no me quedó más remedio que avanzar cautelosamente a la luz de la vela entre las tinieblas de las estanterías, seguido de Danilo y las chicas en fila de a uno y sin saber si se había repuesto la electricidad. Cuando llegamos al centro, más despejado, y nos pudimos reunir los cuatro, Reyes se dirigió hacia la puerta para encender la luz. Antes de que pudiese llegar allí, de entre dos estantes salió algo rápidamente y dando unos alaridos espeluznantes se abalanzó sobre la rubia. Instintivamente, Danilo y yo corrimos en auxilio de la chica y nos lanzamos sobre el agresor. Al hacerlo, perdí la vela que llevaba y todo quedó sumido en la oscuridad. El individuo no dejaba de aullar y nosotros tratábamos de golpearlo a tientas, sin poder ver nada. Tras unos segundos de confusión y tras haber recibido varios arañazos y algún golpe, por fin pudimos ver toda la escena. Candy había conseguido llegar al interruptor y encender la luz.

    El asaltante parecía joven, pero mostraba una tez muy pálida y una expresión enajenada en el rostro. Sus manos crispadas poseían unas uñas bastante largas que les daban aspecto de garras. Intentaba por todos los medios morder a Reyes, que se hallaba en el suelo debajo de él y chillaba aterrorizada. Danilo golpeó varias veces con la punta de la estaca los flancos y la espalda del supuesto vampiro hasta que este se volvió y le propinó un fuerte golpe en la nariz que lo derribó a un lado. El tipo no perdió el tiempo y agarró a Reyes de las muñecas, disponiéndose a desgarrarle el cuello. Viendo que el joven era más fuerte de lo que parecía, tomé de la estantería más cercana lo primero que tenía a mano. Se trataba de un ataúd del tamaño de un bate de béisbol, aunque un poco más ancho. Sin pensarlo dos veces descargué el artículo sobre la cabeza del atacante en el momento en que aplicaba la boca al cuello de la chica. Las tablas del ataúd quedaron desparramadas por el suelo pero yo había conseguido mi objetivo, que era parar aquel brutal ataque sobre Reyes. El individuo se desplomó sobre ella, que no dejaba de gritar presa del pánico. Enseguida le quité aquel cuerpo de encima, la ayudé a levantarse y la abracé para tratar de tranquilizarla. Candy, que también había estado chillando, se acercó corriendo a su hermana y nos abrazó a ambos a la vez. Me quedé más tranquilo cuando vi que Danilo se levantaba del suelo, todavía atontado, recuperándose del fuerte golpe recibido.

    Minutos después, todos nos fuimos recuperando del tremendo susto y comenzamos a pensar con algo más de claridad. Les pedí a las chicas algo con lo que poder atar al hombre que yacía en el suelo y ellas me proporcionaron unas cadenas de las que tenían para vender como souvenir de los vampiros. Danilo y yo le amarramos las manos y los pies y le amordazamos. Mientras tanto, ellas llamaron a la policía para que viniesen cuanto antes. Cuando se lo llevaron nos preguntaron si alguno había recibido heridas como para tener que acudir al hospital. Afortunadamente, Reyes no tenía más que algunos rasguños y el resto unos pocos arañazos, por lo que aquello no fue necesario. Tras dar infinidad de explicaciones y contar la historia a los vecinos que se acercaron asustados al escuchar los gritos, nos quedamos el resto de la noche con las gemelas, aunque ninguno pudo ni quiso dormir.

    Por la mañana recibimos la visita de un inspector de policía que quería hacernos unas cuantas preguntas. Además de ello, nos confirmó que se trataba de Allan Kent, el vampiro de Boston, fugado de su internamiento. Él había sido el autor del asesinato de Soportújar. Había confesado haber acudido a Peña Negra para emular a uno de sus ídolos: Marcos Grande. Poco después recibimos al alcalde del pueblo. Este no había dudado en difundir un comunicado a la población para indicar cómo protegerse de los vampiros. Entre las medidas que recomendó se incluyó la de andar con ajos en los bolsillos, así como poner multitud de ristras de este vegetal en puertas y ventanas, además de colgar cruces en cada habitación. Pensé que el anuncio de estas medidas municipales, una vez se propalaran por las agencias de noticias, desataría curiosidad e hilaridad en muchos puntos del orbe. Sin embargo, las risas no se repetirían en localidades rurales de países como Serbia, Bosnia o Bulgaria, donde las leyendas de vampiros no son consideradas como tales, sino que como parte de la vida real y de la misma cultura local.

    – Entiendo que las personas que viven en otras partes se vayan a reír de nuestros miedos – sentenció el asustado alcalde de Peña Negra-, pero aquí la mayoría de la gente no tiene dudas de que los vampiros existen.

    Cuando llegó la hora de despedirnos de nuestras amigas, Candy me dio un fuerte abrazo. – Gracias por salvar a mi hermana de ese loco, por salvarnos a las dos.

    Se dirigió después hacia Danilo que se despedía en aquel momento de Reyes. Esta vino hacia mí y en aquel momento me pareció más bonita aún que hasta entonces. Me rodeó el cuello con los brazos y yo la estreché por la cintura. Me dijo a media voz:

    – No sé qué habría pasado si no hubieras estado aquí.
    – Pues que probablemente, no habría quedado abierta la puerta de la tienda y Kent no habría podido entrar.
    – Sí, pero tampoco habría pasado algo mucho mejor. Ha sido una noche inolvidable, en todos los aspectos.
    – Sí – respondí -, para mí también.
    – Por cierto, ¿recuerdas cuantas campanadas sonaron poco antes del encuentro con el vampiro?
    – Fueron cuatro.
    – Prométeme que en las noches en que te encuentres despierto a esa hora, te acordarás de mí.

    No tuve que esforzarme para prometérselo.

    Autor: José Ramón Ramos Martínez

    Este relato participa en el Concurso literario de cuentos y leyendas del Mundo. Es una interpretación libre del autor.

    Bases para participar en este concurso

    EL VAMPIRO DE LA ALPUJARRA 
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