
LA SANTA COMPAÑA
Uxía necesitaba tenerla; tenerla de nuevo en sus brazos. Y sabía que pasarían por allí. Era uno de noviembre. Tenían que venir.
La mujer atizó el fuego de la lumbre de la cocina y se colocó bien la mantilla de lana. El tejido era áspero y le rascaba la piel, pero no tenía otra prenda. Las corrientes de aire de las ventanas no permitían caldear la estancia. Además, la llovizna de fuera había tomado los cristales. Apenas se veía nada más que un cielo de color cemento.
Después, se dirigió a los fogones, negros y desgastados, para colocar una cazuelita marrón, colgada de la pared, junto a los pimientos secos. Eso le hubiera gustado a ella. Se lo daría a tomar como hacía tiempo. Vertió la leche fresca de vaca y comenzó a removerla a fuego suave con una cuchara de madera.
De tanto en tanto, miraba fuera. La masa de vaho se oscurecía. Cuando la leche comenzó a hervir, bajó un poco más el fuego y echó unas cuantas cucharadas de chocolate. El aroma se mezcló con el de la lumbre crepitante mientras lo espesaba poco a poco.
Uxía encendió la luz cuando la ventana sólo era un difuminado gris oscuro. La bombilla osciló un poco con el viento y parpadeó. El cable estaba enrollado a una viga negruzca mordida por el tiempo. Volvió a los fogones y apagó el fuego. Removió el chocolate. Estaba perfecto. Justo como le gustaba a ella: espeso y cremoso. Con el trapo de cocina se limpió algunas lágrimas que le resbalaban por las mejillas. Tenía que calmarse. Por ella. Respiró hondo.
Nunca hizo caso de los vecinos. Habladurías sin fundamento. Al encontrar trabajo en el campo de ese pueblecito gallego, lo vio tan pintoresco que se quedó allí con su hija. A
1
Noa le encantaban los bosques tan verdes y frondosos. Los mismos que aparecían en los cuentos de hadas. Irradiaban arcoíris después de que lloviera. Uxía y Noa amaban ese olor a tierra mojada que entraba en la casa.
Le previnieron. Le previnieron del olor a cera y del brillo blanco de las mortajas que enfundaban la procesión de almas en pena. La Santa Compaña. Un cuento en el mundo racional de las ciudades grises, pero no allí… No en medio de los bosques gallegos.
Las vecinas le advirtieron que no dejase sola a la niña. Y que le hablase de esas figuras blancas, mortecinas, para que jamás aceptara nada de lo que le diesen, porque, de lo contrario, moriría. Se convertiría en un ánima más en el cortejo de esa procesión. Le aconsejaron que le dijese a Noa que, en cuanto oliese el aroma de las velas, volviera corriendo a casa, o, de ver ya llegar la procesión de muertos, hiciera un círculo en el suelo con la cruz o la estrella de David, y se metiera dentro. Mejor si cerraba los ojos. Otra opción era tumbarse boca abajo si no le daba tiempo. Y, aunque la pisaran, no aceptar nada de ellos hasta que se marchasen.
Hacía un año exacto. Ese uno de noviembre. Ese maldito uno de noviembre. Noviembre era un mes dedicado a la muerte. Uxía estaba haciendo un chocolate espeso y cremoso, como le gustaban a Noa; como el mismo que estaba cocinando en aquel momento. Y, aquel maldito día, vio un resplandor plateado a través del vaho de la ventana de la cocina. Un olor a cera se filtró como una niebla por las rendijas. Le había pedido a Noa que saliera a coger unas ramitas de la linde del bosque para echar a la lumbre. Sólo estaba a unos metros de casa. Sólo a unos metros.
Lo último que vio de su hija fue cómo aceptaba la vela que le ofrecía un ánima. Uxía corrió para abrazar un cadáver de ojos abiertos. El alma gris de su pequeña, condenada a errar por los siglos, se había marchado con aquella procesión. Con aquella maldita procesión.
2
No recordaba cuántas horas había pasado abrazada a aquel cuerpo ya muerto que no respondía. Se culpó. Se culpó por no haber escuchado las advertencias de las vecinas. Noa fue enterrada dos días más tarde en el cementerio del pueblo, situado al oeste del bosque. Llovía. Era una llovizna suave que se derramaba por los huesos. Empapó el féretro de roble. El agua oscurecía aún más la madera hasta que la tierra embarrada comenzó a sepultarla por completo. Uxía quiso arrojarse a la tumba, pero las vecinas la agarraron fuerte por los hombros y la arrastraron hasta sus casas. Estuvo viviendo con ellas algunos meses.
La mujer salió de sus recuerdos. Se acercó a la puerta y la abrió. Primero una rendija: la noche estaba oscura, corría un viento como una navaja y olía a tierra húmeda. Al fin. Escuchó algunas campanadas de la iglesia y vio el destello lechoso de la procesión, que murmuraba cánticos de otros mundos. El olor a cera se fue filtrando por el campo como una nebulosa de algodón.
Una velita. Una velita y una figura pequeña, blanca, amortajada y con los ojos muy abiertos iba a su encuentro mientras el resto de la procesión se quedaba esperando en el camino. Uxía salió con los brazos abiertos a recibirla. No le importaba que estuviese rígida como una piedra, ni fría como la muerte. Su niña. Era su niña.
—Ven a casa, conmigo. Te he preparado el chocolate del que te gusta.
La niña le dio la mano y la siguió con la velita en la otra. Uxía atrancó la puerta y la sentó en la mesa. Fue hasta los fogones para verter el chocolate en un cuenco de barro con el cucharón. Humeaba. Noa se lo acercó a los labios, pero unos golpes secos hicieron crujir la madera podrida de la puerta.
—¡Es mi hija! ¡No os podéis llevar a mi hija!
3
El resplandor blanquecino se veía bajo la puerta y resplandecía ya en las ventanas, que se abrieron. El viento atizó la lumbre. Los muertos miraban en silencio a Uxía, que temblaba.
—¡Es mi niña! —sollozó. Se interpuso entre ellos y su hija.
Las ánimas le hicieron un gesto a Noa, que se levantó sin tocar el chocolate. Miró a Uxía con sus ojos abiertos, como canicas, sin vida. Miraban sin ver. La niña le ofreció su velita.
Y Uxía la cogió.
Autora: Bárbara Muñumer
Este relato participa en el Concurso literario de cuentos y leyendas del Mundo. Es una interpretación libre del autor.
