
William creció en un vestigio de ciudad. No uno polvoroso y miserable, tampoco uno donde habitara el ridículo confort. Era solamente la frontera entre lo citadino y lo rural. Siendo un niño dedicaba las mañanas, por instrucción de su abuelo, a limpiar las malas hierbas del sembrado de maíz, y las tardes a bañarse en el riachuelo, que después de las pavorosas lluvias de primavera se llenaba y corría por el cauce de las montañas. El sueño de William por aquellos años radicaba en el mar, en el basto azul infinito que había oído una vez mentar a través de su padre. La dicha de cualquier hombre era verlo, pero la regla era seguir viviendo en la azarosa tierra pobre, cerca de la sierra.
El niño, afanado, se propuso mover el mar. Debía hacerlo, no quería perder su riachuelo de las tardes, ni sentir el lomo ardiente por un sombrerazo de su abuelo, ante su descuido con el sembrado.
Tanto proclamó el sueño, que su padre dispuesto a resarcir el daño hecho por los principios de la fantasía, lo metió en el auto listo para llevarlo a un sanatorio. Pero a la hora de la partida, sobre los campos de maíz del abuelo, 160 kilómetros tierra adentro, se avistó una tromba de agua que hizo llover peces y hasta depositar sobre el basto campo, un tesoro español.
Autor: Jabes
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Este relato participa en el Concurso literario de cuentos y leyendas del Mundo. Es una interpretación libre del autor.
