
En la ciudad de Sevilla en tiempos lejanos, existía una calle que los lugareños llamaban «El horno de las brujas». Esta calle, que hoy lleva el nombre de D. Gonzalo Argote de Molina, una vez fue el hogar de oscuros secretos y prácticas misteriosas.
En una de las casuchas más desoladas y descuidadas de esa calle vivía una anciana de aspecto miserable y aspecto horripilante. Se decía que era una bruja, una mujer de habilidades sobrenaturales y una afinidad por las artes oscuras. La anciana, junto con su hijo, un joven pendenciero y sin escrúpulos, llevaba a cabo rituales y conjuros en las noches más oscuras, sembrando el miedo y el misterio entre los vecinos.
Una noche, el hijo de la bruja regresó a casa borracho y solo, encontrándose con la puerta cerrada. Golpeó con furia, pero el bullicio de las prácticas de su madre y las otras brujas en el sótano ahogaron sus gritos. Desanimado y sin otro lugar donde ir, se refugió en un viejo horno que solía utilizarse para cocer pan.
Allí, en la oscuridad del horno, el joven cayó en un profundo sueño, ajeno al peligro que se cernía sobre él. Mientras tanto, en el sótano, la anciana bruja encendió el fuego sin darse cuenta de la presencia de su hijo en el horno.
Los gritos desesperados del joven despertaron a la bruja, quien, horrorizada, intentó en vano apagar el fuego que amenazaba con consumir a su hijo. Los vecinos acudieron al escuchar los lamentos, pero ninguno pudo hacer nada para detener las llamas.
En medio del caos, un fraile franciscano llamado Fr. Diego de Alcalá pasaba por la calle. Reconociendo la urgencia de la situación, el fraile se apresuró a rezar a la Virgen de la Antigua por ayuda.
Milagrosamente, las llamas se extinguieron al instante, y el joven salió ileso del horno, sorprendiendo a todos los presentes. Conmovida por el milagro, la anciana abandonó sus prácticas oscuras y se convirtió en una devota seguidora de la fe.
El joven, inspirado por la intervención divina, abandonó su vida de pecado y se dedicó a servir a Dios. Con el tiempo, se convirtió en prior de un convento de franciscanos en una ciudad lejana.
Esta historia, transmitida de generación en generación, dio origen al nombre de la calle: «El horno de las brujas». Aunque algunos sostienen que el nombre proviene de dos hermanas que hornaban tortas al estilo del pueblo de Brujas, la leyenda del milagro perdura en la memoria de aquellos que habitan en Sevilla
Autora: Marta Carrión López
Este relato participa en el Concurso literario de cuentos y leyendas del Mundo. Es una interpretación libre del autor.
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