
Hoy nos acercamos a la historia de la Torre de Poloria, una antigua atalaya nazarí de la que apenas quedan restos, pero cuyo emplazamiento y memoria siguen hablando del pasado fronterizo de los Montes Orientales de Granada. Silenciosa entre matorrales y piedras, esta torre formó parte del complejo sistema defensivo que, durante los siglos XIV y XV, protegía los límites del Reino de Granada frente al avance castellano. En torno a ella, el tiempo ha tejido un paisaje de historia y tradición, donde la piedra de la guerra se confundió con la tierra del trabajo en los cortijos que heredaron su nombre.
La frontera del siglo XIV: un territorio en tensión
A mediados del siglo XIV, la frontera entre el Reino Nazarí de Granada y la Castilla cristiana era una de las zonas más conflictivas y dinámicas de toda la península ibérica. La conquista de Alcalá la Real en 1341 por las tropas castellanas marcó un punto de inflexión decisivo. Desde entonces, la línea fronteriza se consolidó desde Píñar hasta Loja, configurando una franja de fortificaciones que servía tanto de defensa como de control territorial.
Ante el avance castellano, los musulmanes comprendieron que solo una estrategia bien planificada podría contener a un enemigo que, además de superioridad numérica, comenzaba a disponer de nueva artillería. Fue entonces cuando se trazó un sistema de defensa escalonado que combinaba fortalezas principales —como las de Montefrío, Moclín, Íllora, Colomera, Iznalloz, Píñar, Huétor Tájar y Loja — con una red complementaria de torres-atalayas.
Estas torres no eran castillos propiamente dichos, sino puestos avanzados de observación distribuidos por cumbres y cerros estratégicos. Desde ellas se controlaban los valles, los caminos y las posibles rutas de incursión enemiga. Cada torre mantenía comunicación visual con otras cercanas, formando una auténtica cadena de vigilancia que podía transmitir alertas con señales de humo durante el día y con hogueras en la noche.
Las torres-atalayas: centinelas de piedra

El sistema de torres-atalayas representaba una forma económica y eficiente de vigilancia militar. Cada una de ellas era ocupada por dos o tres soldados, los llamados atalayeros , que mantenían contacto visual con las fortalezas y las torres vecinas. Desde su posición elevada, dominaban amplias extensiones del terreno, lo que les permitía detectar cualquier movimiento hostil con suficiente antelación.
En los Montes Orientales de Granada, este sistema defensivo fue particularmente denso y eficaz. Las torres, levantadas con mampostería y argamasa, aprovechaban el relieve para potenciar su visibilidad.
La Torre de Poloria: una atalaya silenciosa
En este entramado de torres defensivas, la Torre de Poloria, situada en el término municipal de Iznalloz, formaba parte del sistema de vigilancia de los Montes Orientales. De figura cilíndrica y planta circular, tiene 4,25 metros de diámetro y está construida con mampostería de piedra local. Hoy en día se encuentra parcialmente colapsada, con una altura conservada de aproximadamente dos metros. Los mampuestos del paramento exterior son visibles especialmente en sus lados sur, este y noroeste, donde alcanzan medio metro de alzado.

Desde su posición, la torre dominaba una amplia extensión de terreno, con vistas hacia los valles que comunican la vega de Granada con las sierras interiores. Era, por tanto, un punto intermedio de observación entre las fortalezas mayores de Iznalloz y Píñar, permitiendo que cualquier señal de alarma se propagara rápidamente hacia el interior del reino nazarí.
Estas torres solían medir unos 9 metros de altura. Sus dos tercios inferiores eran macizos, sirviendo de base sólida, mientras que el tercio superior albergaba una pequeña cámara habitable cubierta con bóveda de medio cañón .
A la estancia interior se accedía por una puerta-ventana situada a unos cinco metros del suelo, a la que se subía mediante una escala de cuerda o madera. Este acceso elevado era una medida defensiva: bastaba con retirar la escalera para impedir que el enemigo entrara. Desde la cámara, una estrecha escalera de mampostería conducía a la azotea, desde donde los atalayeros vigilaban el horizonte. La terraza contaba con un peto perimetral y, a menudo, con una pequeña garita o trampilla que protegía la entrada superior.
El estado actual de ruina de la torre —que aparece hoy rodeada de vegetación, entre restos de piedra y matorrales— no impide imaginar su antiguo valor estratégico. En las horas tranquilas del mediodía andaluz, el cerro de Poloria conserva aún la sensación de vigilancia que caracterizó a la frontera medieval granadina.
El cortijo de Poloria: memoria agraria y morisca

A los pies de la antigua atalaya se desarrolló, siglos después, el cortijo de Poloria, una finca de gran extensión vinculada históricamente a la familia Hermes, de origen morisco . Las fuentes del siglo XVI registran que Francisco Hermes fue su propietario, y que Miguel Hermes, jurado y vecino de Granada, poseía una parte significativa del mismo. El cortijo lindaba con tierras de Juan Ángel Moreno, Cebrián León, el Pozuelo y los Palacios, extendiéndose hasta la Sierra del Rayo.
El apeo de 1591 consigna que el cortijo pasó a propiedad de la Corona, tras una permuta realizada por Miguel Hermes a cambio del cortijo de Onítar. La extensión del cortijo de Poloria alcanzaba unas 550 hanegadas, con tres casas y un alhorí (granero), lo que refleja su notable importancia agrícola. Estas edificaciones se integraban en el paisaje de los cortijos granadinos de la época: construcciones sencillas pero funcionales, adaptadas al trabajo del campo y a la vida rural autosuficiente.
La estructura del cortijo respondía al modelo de “casa-bloque”, descrito por el historiador José María Onieva para los municipios vecinos de Montefrío e Íllora. En este tipo de edificación, vivienda, establos y almacén se articulaban bajo un mismo cuerpo constructivo, optimizando el uso del espacio y los materiales disponibles.
Durante el siglo XVI, el cortijo fue escenario de una intensa actividad agrícola y de un proceso de fragmentación hereditaria. La división del terreno entre los hermanos Hermes es un ejemplo de la movilidad y la complejidad de la propiedad rural en la Granada morisca. A pesar de las restricciones y las tensiones derivadas de su condición social, muchas familias moriscas continuaron poseyendo o recuperando sus fincas gracias a su integración en la estructura económica del Reino de Granada.
Los cortijos y la frontera: una continuidad histórica
El cortijo de Poloria no era un caso aislado. En el entorno inmediato existían otras propiedades destacadas, como el cortijo del Pozuelo, perteneciente a Jerónimo de Palacios, también morisco y vecino de Granada. Estas explotaciones agrícolas, frecuentemente dotadas de casas, tinados y alhoríes, constituían una red productiva y social que mantenía la ocupación humana en zonas rurales estratégicas.
Los documentos de la época reflejan que el paisaje de Iznalloz y sus alrededores estaba densamente ocupado por cortijos similares, muchos de los cuales tenían origen medieval y continuidad tras la conquista cristiana. En algunos casos, los antiguos moriscos conservaron o readquirieron sus propiedades, lo que demuestra una notable flexibilidad económica y social, pese a las tensiones religiosas y políticas del momento.
El cortijo de Poloria, además de su valor productivo, tuvo una función simbólica: representaba la continuidad del poblamiento rural en un espacio marcado por la guerra, la vigilancia y el contacto cultural. No es casual que el mismo cerro albergara, siglos antes, una torre-atalaya. Ambos —torre y cortijo— resumen en piedra y tierra la historia de un territorio fronterizo, donde la defensa y la producción se entrelazaban.
Poloria hoy: paisaje y memoria
Hoy, la Torre de Poloria se levanta en silencio, convertida en ruina arqueológica y testimonio de un tiempo de fronteras. Su entorno, de praderas y matorrales, conserva el carácter agreste y luminoso de los Montes Orientales de Granada.
El cerro de Poloria sigue siendo un lugar de memoria histórica y arqueológica. En su cima, las piedras derruidas de la torre recuerdan los días en que los atalayeros vigilaban los caminos hacia Iznalloz y Píñar.
⭐⭐⭐⭐⭐ Por el artículo. No conocía la existencia de esta torre atalaya
Granada tiene rincones espectaculares