
En el corazón de la frontera nazarí quedan, a duras penas, el recuerdo de una de las torres defensivas del occidente granadino: la Torre del Hachuelo.
Desde su posición se dominaba el paisaje de Montefrío. Este testigo silencioso de un pasado donde la vigilancia era cuestión de supervivencia ahora duerme. Y aunque hoy apenas quedan de ella un círculo de piedras derrumbadas, su historia sigue siendo esencial para comprender la red de torres que articuló el control y la defensa del último reino musulmán de la Península Ibérica.
Sistema defensivo de Montefrio
Durante los siglos finales de al-Andalus, Montefrío —Muntfarīd o Ḥiṣn Montefrid en las fuentes árabes — ocupaba una posición estratégica en el sector noroccidental del Reino Nazarí de Granada. Este territorio, de montañas escarpadas, barrancos y caminos sinuosos, formaba parte de la primera línea defensiva que separaba el mundo islámico del castellano. Junto a Íllora, Moclín y Colomera, Montefrío integraba un cinturón de fortalezas que protegían la Vega y, en última instancia, la capital granadina.
La conquista castellana de Alcalá la Real en 1341 marcó un punto de inflexión. La pérdida de esta plaza fronteriza obligó a reorganizar todo el sistema defensivo del noroeste nazarí. A partir de entonces, Montefrío pasó a ocupar la vanguardia de la defensa. Para sostener este papel, se reforzó su fortaleza principal —el hiṣn— también las de Moclín, Íllora, Colomera, Iznalloz, Píñar, Huétor Tájar y Loja. Y se desplegó una red de al menos 15 torres atalayas y puestos de observación que conformaban un auténtico cinturón defensivo, capaz de detectar incursiones, comunicar alarmas y coordinar la respuesta militar.
Entre estas torres se encontraban la de Sol, Romeral (o del Rosal), Cabrerizas, Espinar, Quebrada, Anillos, Guzmanes, Cortijuelo, Nunes, Castillejos, Loma de Marcos y Matute. Algunas han desaparecido, otras sobreviven como ruinas discretas entre olivares y cerros, pero todas formaban parte de una estructura jerarquizada con la fortaleza de Montefrío como núcleo principal.
Las fuentes del siglo XVI, como el Libro de Apeo de 1581, mencionan muchas de estas atalayas, lo que demuestra la perduración del sistema en la memoria local. En aquel tiempo, aunque las torres ya no cumplían funciones militares, seguían siendo referencias topográficas en los repartos de tierras y pagos rurales.
La Torre del Hachuelo se encontraba además en la ruta que unía Loja con Montefrío, lo que le otorgaba un valor adicional como punto de control de paso y enlace entre ambas comarcas. Por su posición dominante, actuaba como puente de observación entre las sierras interiores y los valles agrícolas que alimentaban la economía del reino.
No olvidemos que las torres-atalayas eran una forma sencilla y económica de mantener la vigilancia en el territorio, ya que solo se necesitaban dos o tres soldados en cada torre, para dominar un amplio espacio. Estos baluartes defensivos se levantaban en enclaves de óptima visibilidad, ocupando, en la mayoría de los casos, las cumbres de los cerros más elevados. En otras ocasiones se emplazaban en lugares destacados de las laderas, que contaban con una situación visual privilegiada hacia valles y otras fortificaciones.
Torre del Hachuelo: Un vigía sobre el cerro

La Torre del Hachuelo se localiza en la cumbre del cerro homónimo, a 1.144 metros sobre el nivel del mar, apenas 2,2 kilómetros al suroeste de la fortaleza de Montefrío. Desde su posición domina un amplio horizonte: las lomas de Algarinejo al sur, los caminos que ascienden desde Loja, y los valles que se abren hacia la Vega de Granada. Pocas atalayas nazaríes disfrutaban de una vista tan privilegiada.
Las descripciones arqueológicas la definen como una torre de planta circular y construida en mampostería. En su momento conservaba unos dos metros de altura y un diámetro de 4,75 metros. Hoy, su estado de conservación es precario: un círculo de piedras dispersas marca el lugar donde se alzó su estructura. Sin embargo, estas ruinas bastan para evocar su antigua importancia como torre principal dentro del sistema de vigilancia.
En su origen esta fortificación pudo alcanzar unos 9 metros de altura, de los cuales los dos tercios inferiores formaban un cuerpo macizo. En el tercio superior era donde se encontraba la estancia de los atalayeros .
Para que los atalayeros accedieran a la torre debían de subir hasta los 6 metros, donde se encontraba una puerta-ventana. Subían por una escalera, realizada de cuerdas o de madera que se quitaba para impedir que el enemigo pudiera acceder a la torre, evitando así que los atalayeros fueran sorprendidos o capturados.
La puerta-ventana daba paso a un pequeño habitáculo cubierto con bóveda de medio cañón, realizada de mampostería. El habitáculo tendría otra ventana que daba hacia la zona de vigilancia. Desde la estancia se subía a la terraza, mediante una estrecha escalera, construida de la misma mampostería que la torre. La azotea dispondría de un peto perimetral y una garita o trampilla que cubría la salida de la escalera y el cañón de la chimenea. Desde la terraza se podía vigilar una extensa área, teniendo comunicación visual con otras torres del entorno. En caso de peligro, los atalayeros daban la voz de alarma a otros baluartes, mediante señales de humo durante el día y con hogueras por la noche.
Una red de comunicación y control
La función esencial de la Torre del Hachuelo era la vigilancia y la transmisión de señales. Su ubicación le permitía comunicarse visualmente con la fortaleza de Montefrío y con otras quince torres del entorno. Formaba parte de un corredor de observación que conectaba las ciudades de Alcalá la Real y Loja, a través de enclaves como Guadalquinta, Quebrada, Anillos y la Torre del Morrón en Íllora. Esta red no solo advertía de ataques o incursiones, sino que también garantizaba la seguridad de los caminos y el control del territorio.
En una primera etapa, posiblemente anterior a 1341, el Hachuelo se integraba en la línea Guadalquinta–Quebrada–Hachuelo, encargada de enlazar las medinas de Loja (Lawša) y Alcalá la Real (Qalʿat Yaḥṣub) con la Vega granadina. Posteriormente, ya en plena época nazarí, su papel se amplió como punto intermedio de comunicación hacia la torre de los Anillos y la del Morrón de Parapanda, que transmitían las señales hacia el interior del reino. En un territorio donde los ataques podían producirse de forma repentina, la rapidez de estas comunicaciones era vital: bastaba encender una hoguera en la cima o hacer reflejar la luz del sol con un espejo metálico para que la alerta se propagara de torre en torre en cuestión de minutos.
Cantera de historia: la piedra del Hachuelo
Un documento fechado en 1565 revela otro detalle interesante. En él se menciona que Diego Ponce se comprometía a suministrar sesenta cahices de cal obtenida de la piedra del Hachuelo, destinada a las obras de la iglesia parroquial de Montefrío. Este testimonio sugiere la existencia de una cantera de cal en el entorno de la torre, posiblemente en uso desde época nazarí. Así, el mismo cerro que sirvió de vigía durante la frontera medieval proporcionó siglos después el material para construir el templo cristiano del nuevo orden territorial. Una simbólica continuidad entre la piedra que defendía y la piedra que edificaba.