SALINAS DE LA MALAHÁ Fueron parte fundamental en los ingresos de la Corona durante más de tres siglos

SALINAS DE LA MALAHÁ

SALINAS DE LA MALAHÁ

Cuando nos acercamos a la Malahá, desde la carretera de Las Gabias, nos sorprende la visión de una salinas en medio de la llanura. Estamos acostumbrados a ver salinas en la costa, pero no es tan frecuente ver salinas de interior, aunque en nuestra provincia quedan todavía algunas de ellas.

La extracción de sal en zonas del interior, donde no llega el agua del mar, es posible, gracias a que los nacientes de agua dulce pasan por yacimientos de minerales de halita, cargándose estas aguas de cloruro sódico y otras sales, convirtiéndose en agua salada o salmuera.

Recordemos que el topónimo Malahá proviene de la palabra árabe al-mallāha que significa “tierra salina”.

Las salinas de la Malahá, restauradas en 1991, disponen de un gran calentador, que recoge la salmuera, una acequia que distribuye el agua a unas charcas poco profundas, llamadas cocederos, una nave donde se almacenan los cristales de sal, los restos de un puente, y una torre junto a las salinas, que muy probablemente contuviera el mecanismo de la noria para elevar el agua.

Para subir el agua procedente de cuatro manantiales hasta el calentador de las salinas, se utilizó desde la época medieval hasta el siglo XIX, una noria de sangre.

Del calentador pasaba la salmuera a los cocederos, que estaban a su vez divididos por tablones puestos de canto a modo de cuadrículas. En los cocederos es donde se produce la cristalización de la sal, mediante la evaporación de la salmuera.

La sal obtenida se iba amontonando con rastrillos en el centro de la poza. Con la llegada del buen tiempo, en primavera, los salineros se afanaban por sacar una mayor producción a las salinas, obteniendo varias “cosechas” de sal en estos meses, una cada 20-30 días. La sal se trasladaba a una era, donde la molían. Posteriormente se clasificaba y almacenaba. Estos trabajos se alargaban hasta Septiembre.

 SALINAS DE LA MALAHÁ

SALINAS DE LA MALAHÁ

De las salinas de la Malahá se extraían dos clases de sal. Una blanca y prieta, de buena calidad y de mejor precio, y otra de color parduzco, de peor calidad y más gruesa.

Aunque no conocemos a ciencia cierta cuando se empezó a extraer sal de las aguas del Arroyo Salado, se piensa que en época íbera y romana ya se hacía. Los romanos aprovechaban estas aguas minerales y construyeron unas termas que todavía existen. Posteriormente, en la época nazarí, las salinas de la Malahá fueron explotadas y utilizadas tanto para el abastecimiento de la ciudad de Granada y de la Vega, como para el ganado.

En las capitulaciones de 1489, los Reyes Católicos, otorgan al rey Zagal  (Hermano del rey Muley Hacén), la mitad de las salinas a cambio de que rindiese la parte oriental del Reino de Granada y las Alpujarras. Sin embargo, el nazarí pidió exiliarse a “Berbería”. Pasando las salinas, entonces, a manos de Bulcacin Venegas, alguacil de Granada, y a su cuñado Yahía Alnayar.

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Con la conquista de Granada por parte de los Reyes Católicos, estas salinas se convirtieron en un punto estratégico. En las capitulaciones de 1491, posteriormente ratificadas en las de Santa Fe en 1492, las salinas fueron ofrecidas a Bulcaçin el Muleh y a Yuçaf Aben Comixa.

Pero a causa del establecimiento del Monopolio Salinero por parte de los Reyes Católicos no podían vender la sal. Para obtener las “cédulas guía” que le permitieran hacerlo tuvieron que vender la mitad de las salinas.

Los Reyes arrendaron las salinas a varios alguaciles mudéjares. Al mismo tiempo, se prohibía comprar en Granada y su jurisdicción, la Alpujarra y la costa entre Albuñol y Maro, a excepción de Almuñécar y Salobreña, sal que no fuera de La Malaha y Dalías.

En 1495 los Reyes Católicos cedieron parte de las rentas de las salinas de la Malahá al Monasterio de San Jerónimo.

Las salinas de la Malahá fueron parte fundamental en los ingresos de la Corona durante más de tres siglos. Felipe II en 1564 decide variar las bases del Monopolio Salinero, por medio del “Estanco de la sal”, que conllevaba entre otras cosas la eliminación de las obligaciones de consumir la sal de la Malahá y Dalías, pasando así casi todas las salinas del país a manos de la Corona.

En el diccionario de Pascual Madoz en el siglo XIX,  se estima para las salinas de la Malahá una producción anual de unas 20.000 fanegas.

El declive de las salinas se produjo a partir de 1870 con  la liberalización de la sal, esto unido a la revolución que supuso la invención del frigorífico provocó la caída de la producción de sal en nuestro país.

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